Antes de iniciar los preparativos quería pasarme por aquí a dejar unos pensamientos.
Ya escribí en el post anterior que para mí la navidad dejaba de tener cada vez más sentido. Sin embargo hoy es uno de los días más importantes del año. Quizás forme parte del ideario colectivo, pero la nochevieja siempre me traslada a un espacio interesante, muy cerca de un estado que me gusta especialmente.
De forma inconsciente, poco tiempo antes de traspasar la barrera que separa un año de otro, empieza a invadirme una sensación que me conecta con muchísimas cosas, sobre todo con la gente. La gente, la gente que tan importante es para mí viene a mi memoria envuelta de un halo de recuerdos que se hacen vivos de nuevo en el presente. Yo, sumido en una especie de abstracción fascinante, rindo tributo a todo aquel que se ha cruzado en mi vida y me ha dejado pequeños tesoros que me ayudan a transformarme y construirme en mi propio deseo de yo, conmigo mismo y, a su vez con ellos, sin los que nada de lo que me alimenta sería posible. Me acerco a cada uno con el pensamiento y, reuniendo todo el cariño que me es posible acumular, me lanzo un recuerdo actualizado y candente de ellos mismos conformado con la aglomeración de tantísimos momentos que hemos pasado juntos. Me recreo con cada uno y les deseo, con el corazón en la mano, que el magma de la vida les reserve una emoción para siempre. Ellos son o han sido la sangre que irriga con fuerza este pequeño e insignificante ser humano que teclea ante la pantalla.
Luego viene el análisis de mi paso por el año que estamos a punto de abandonar (¿o se produce este antes?). La reflexión alcanza siempre un nivel de justicia y sensatez que me instalan en una tesitura difícil de explicar. Pero lo cierto es que la evaluación de mí mismo no deja ningún cabo suelto. Repaso cada momento del año mentalmente: lo que he aprendido, mis errores, mis pérdidas, mis avances, mis limitaciones, mis miedos, mis virtudes, mis vicios... Todo este riguroso balance queda en mi conciencia. Me lo bebo con la copa con la que brindo con los míos justo en el momento después de atragantarme con las uvas. A partir de ahí tengo todo un año para digerir todos esos materiales que me alegran y me duelen a partes iguales. Me lo bebo para mejorar lo que ya es bueno de por sí y cambiar en lo que yerro, eso que, obviamente, no me gusta. ¿El objetivo? Supongo que forma parte de nuestra responsabilidad como seres humanos: ser mejor persona cada día.
El 2008 ha sido un año raro, raro, raro. Me han pasado cosas muy buenas y cosas malas también. Me he sentido muy querido y muy odiado al mismo tiempo, aunque eso no es nada nuevo en mi vida diaria (lo asumo y punto). He perdido a gente que quería y quiero (la salida de mi abuela de este mundo ha sido un golpe fuerte -¡siempre vendrás conmigo a todas partes!-). Pero también he conocido a mucha gente y eso siempre es un regalo.
El 2008 será el año que me trajo a unos compañeros de trabajo extraordinarios. No me había topado con personas tan auténticas y entregadas desde que trabajaba en el hospital. La verdad es que tuve la enorme suerte de coincidir con ellos en el centro donde trabajé el año pasado y ya se han quedado a vivir conmigo para siempre.
Muchas cosas son las que podría decir de este año que pasa, pero no puedo dejar aquí un post kilométrico. Sin embargo, sí QUIERO dejar por escrito que, a partir de media tarde felicitaré a todos los que de algún modo siguen conmigo. Será un modo de preparame para conectar con ellos en ese espacio previo del que os hablaba. Los de aquí, que también estáis conmigo, sois los primeros.
¡FELIZ AÑO NUEVO!
Aquí dejo una canción que me traslada a una nochevieja muy lejana, cuando este tema tenía tanta fuerza o más que ahora. Era cuando las nocheviejas en el pueblo de mi padre.



