Acabo de cumplir un mes en las colas del INEM (SOC en Cataluña), y todavía estoy muy lejos de sentirme un ser inútil e indeseable por no estar bajo el yugo del sistema, aunque sólo sea temporalmente. Nótese que el verbo trabajar proviene del étimo latino tripalium, artilugio que en su día era una especie de instrumento de tortura. Así pues, y desde tiempos inmemoriales, trabajar es sinónimo de tortura y todos somos víctimas de un extraño castigo al que dedicamos no pocas horas del día. No es que me haya propuesto herir la sensibilidad de todos los trabajadores activos, pero todo esto no me lo invento yo, lo dice nuestro amigo Corominas en mi Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Y digo yo que algo de razón tiene que llevar este señor, dedicado toda su vida a atesorar todas las palabras que le salían al paso. A tener en cuenta: para los que esto último les haya podido provocar aflicción, desde aquí os digo que el trabajo ennoblece y nos hace menos ociosos.
Pero, volviendo a la raíz del tema, si de algo sirve estar en paro es que puedes dedicarte al placer por el placer sin mayor remordimiento porque estás sin trabajo y, aunque a ojos de los demás sólo eres un pobre infeliz que no sabes en qué emplear tu tiempo, mi satisfacción engorda cuando me digo que sólo tengo las obligaciones que yo mismo quiera ponerme. Así que, muy liberado y sonriente, me convenzo de que cada nuevo día es un nuevo día, diferente al anterior (voz en off: claro que, bien pensado, para el resto tb es así...). Esto..., un día por el que campar sin orden ni concierto y atendiendo a las necesidades que a uno le vayan surgiendo al paso sin vacilar mientras miras el reloj y con el tiempo pegado al culo.
Así que entre tanto sacrificio (¿qué he hecho yo para merecer esto?), me pregunto cada día al despertar (no digo la hora por respeto a los que madrugan): chico, ¿qué te apetece hacer hoy? Si es que el tedio es muy jodido, te mete en cada dilema... Y yo, que soy preso de mi poca originalidad, ahí que me paso el día devorando los libros que tenía atrasados como si intuyera que una atroz catástrofe natural pudiera acabar con todos los libros del planeta.
Así que, a pasos agigantados, leo a Pombo con toda la genialidad de su prosa en Contra natura (muy recomendable) y, como que además ya me queda poco, ya estoy pensando en Chateaubriand o en en el Ulises de Joyce, que todavía no sé... Si alguien me puede aconsejar... Con Joyce lo intenté sin éxito hace un par de años. Ahora, más cultivado, a lo mejor puedo pasar de las tres páginas entendiendo el texto en un 30% . De mi lista mental que lleva por título "lecturas pendientes", me inclino por unas cuantas, aunque me gustaría que entre todos me la alteraseis para alargarla aún más y así aumentar la mala conciencia por lo poco que he leído y lo mucho que me queda por hacer.
A partir de mañana, aparte de cultivar la mente, empezaré a esculpirme seriamente el cuerpo a base de tripalium en el gimnasio por aquello de mens sana in corpore sano.
