Pongamos por caso que es un sábado por la noche y que el ocio a la carta queda muy lejos de tu ciudad. Pongamos también que no sales con tu grupo habitual y que debes adaptarte a todas las situaciones y ahora, le añadimos que las cosas nunca vienen porque sí y que tú te dejas llevar, porque en la vida, si no se fluye, pocas cosas se descubren.
Después de una cena copiosa acompañado por comensales que te doblan la edad, pero mucho más interesantes que muchos de tu quinta, pueden ocurrir dos cosas: 1. que los presentes sean un atajo de sosos y se acabe la noche bruscamente o 2. que estos se dispongan a reventarla (la noche) y tú lo hagas con ellos.
La primera opción, como que nos aburre soberanamente, la rechazamos y nos decantamos directamente por la segunda. Es entonces cuando te abrigas y aceptas la proposición avalada por el 85% de los asistentes. La hazaña de hoy consiste en desplazarse a una de esas salas de fiestas frecuentada por el grueso y el peso de la sociedad entre los 50 y los 80. Como a tí eso no te importa porque te hacen sentir la mar de a gusto, aceptas sin rechistar y, además, con ganas de saber qué pasa.
A partir de ahora cualquier situación es nueva para tí y debes disfrutarla con los cinco sentidos, así que te plantas en la puerta con el resto y pagas religiosamente los 9,50€, aunque la canción que se escuche desde la puerta sea sucedánea de "Paquito el chocolatero". ¡Pagas y a callar! Acto seguido te pones tu mejor sonrisa e irremediablemente te instalas en el otro lado en el que siempre has intentado no estar, es decir, fuera de lugar. No te preocupes por la creciente incomodidad que sientes, pronto se va a disipar. Y si no, espera a ver lo que sigue:
Yo mismo (que soy el editor) censuro la foto que aquí había. Llevo con remordimientos de conciencia desde que he publicado esta tarde el post. Quien quiera verla, se la envío, pero así, me da reparo... Más que nada porque la mujer es de las cercanías y no quiero ser yo quien hiera su sensibilidad o la de sus familiares / amigos.
(Se admiten risas)
(nota: ya sabemos que hay que ser políticamente correcto, pero cuando también se han reído de tí antes, entiendes que medio mundo se ríe del otro y aquí no pasa nada cuando, sobre todo, lo haces con tu mejor discreción).
Después te acercas a la barra y el camarero te mira con cara de póker (pues ahora no te me indignes). Coges tu copa y te das una vuelta. Te acercas a la pista, te enciendes un cigarro e inmediatamente uno de los asiduos te llama la atención, pues hay zona de fumadores y tú no estás en ella.
A medida que pasan los minutos te vas integrando aunque no del todo y aceptas bailar algo parecido a una rumbita más o menos divertida. El ambiente en la pista es este:

Te tiras media hora bailando y te ríes mucho con todos, de todos y de tí mismo. Julio Iglesias, la Pantoja y Los del río forman parte del repertorio habitual (una canción de la Shakira es lo más cercano a tu generación). El momento pista es total y desde allí puedes entender que existen submundos que antes desconocías y que, como todo submundo, tiene sus leyes que, por supuesto, tú desconoces. Algunas de ellas son incomprensibles, pero las acatas, como por ejemplo, que no se pueda sostener el vaso de bebida mientras pisas la pista o que te encuentres en ella y no bailes (a saber por si vais: si hacéis esto, ¡os echan!).
La noche resulta fructífera en descubrimientos. Entre otras cosas, te das cuenta de nuevas modalidades de la soledad, pero decides que no entras a desgranarlas porque esta noche es sobre todas las cosas, surrealista y eso te divierte sin más y te aleja de lo melodramático.
Cuando se acaba la velada, te das cuenta de lo mucho que te has reído (hoy has ganado dos años de vida). Te despides de las parejitas que pelan la pava, de los que mariposean de aquí para allá, de las sesentonas que se han pasado media tarde en la peluquería para estar flamantes con su pelo y vestido de lentejuelas y también del abuelo que baila en plan pingüino (mañana no se va a poder mover). Te enfundas en tu abrigo, sales a la calle y te vas hacia el coche convencido de que no habrá segunda vez, aunque a decir verdad, lo has pasado bien y todo lo que has vivido no tiene desperdicio.