domingo, 30 de marzo de 2008

Paseo nocturno


Dejé el alma que soñase:
volvería a despertar en primavera.
Pepe Hierro

Desde siempre intuí que no sería fácil. Cuando los espejos nos devuelven una imagen denostada de nosotros mismos podemos rehuir de su sentencia o asomarnos a su particular insistir transparente con el que nos repiten paciente y suavemente las cosas.
Nos guste o no, cuando nos asomamos a ellos encontramos parcelas de la realidad en las que, sin duda, habitamos. En ellas se conjuga todo. En esa imagen, cosida de vínculos entre las cosas y los seres en los que vivimos, se mueve un rumor de tiempo que es posible odiar y querer al unísono.
Baila entonces la cadencia de nuestro particular pulso humano trazado con reflejos.

En los espejos. Ahí se encuentran los pulsos copiándose más acá de la realidad, y de nosotros depende reparar las cosas rotas que por ellos transitan.
Mucha fe y una mirada enfundada en la pasión que se cosecha desde nuestro interior nos ayudará a conseguirlo.
Hace días que ha llegado la primavera y con ella mi terca y tradicional dialéctica con la vida. El mismo diálogo que se inunda siempre de niebla y luz, con la esperanza al acecho de todas las cosas.
Ayer en un paseo nocturno el paulatino ritmo de unos pasos sin prisas topó con un jardín de tulipanes levantado en mitad de una ciudad cualquiera. Mientras los observábamos incrédulos me preguntaba cuánto sabrán comunicarse con los transeúntes menudos e inquietos. Si esos transeúntes querrán pararse a contemplar la mansa quietud que los envuelve en medio del ruido de todos los pasos. Me pregunto también si esas flores aprenderán algo de nosotros mientras crecen en el mundo a la altura del vaivén que mueven nuestros zapatos, cómo se verá todo desde ahí abajo, qué les moverá a teñirse de blanco, rosa, rojo o amarillo, si los humanos sabremos entender y sostener escrupulosamente el tierno arder de sus aromas y si, como a nosotros, también les resultará difícil reconocerse entre los espejos.

A veces pienso en la complejidad extraordinaria con la que se teje la naturaleza a ella misma. Esa complejidad me resulta incomprensible y extraordinaria al mismo tiempo. Todo me responde que somos parte de ella, pero también me doy cuenta de que poco o nada nos hemos enseñado a compartir con toda su algarabía, pues creo que nunca aprenderemos del todo a escucharnos en ella.
La luna brillante y redonda se nos ha ido. Volverá como siempre vuelve la febrilidad de todas las pasiones y el dolor en primavera. Espero que nuestros cinco sentidos despierten del sueño. Que se nos vaya yendo la pereza.



lunes, 24 de marzo de 2008

Coleccionando versos




Coleccionar versos: Para, sin lastimarme,/ cavar una ribera de luz dulce en mi pecho/ y hacerme el alma navegable. (Rafael Alberti)


En estos días en los que la soledad ha venido con la verdad de sus caricias y con su oleaje a visitarme, he trepado por aquel misterio primigenio anhelado por los hombres.
Las palabras (esas criaturas insaciables), han sido mis aliadas.
Una suerte de palabra poética me ha arrullado con el mismo temblor con el que tiemblan los niños ante el descubrimiento; con esa suerte de extraña esperanza que, atada al delirio, une a partes iguales al hombre y su deseo; con esa pasión en donde tiene lugar la palabra totalizadora, irguiéndose en abrazo total con todo lo que abrasa sus significados.
La verdad solitaria de las palabras me trae en incontables ocasiones a dialogar con Rafael Alberti. Todavía me vienen a la memoria de niño sus últimas apariciones en televisión, postrado ya en la silla de ruedas. Su carácter enigmático y el blanco nieve de sus canas me destinaba una imagen del poeta más que entrañable. Entonces no podía llegar a imaginar que muchos de sus poemas se quedarían a vivir en mi alma para siempre.
¿Qué me habrá llevado años más tarde a creer tanto en sus versos? ¿Será porque gran parte de su obra está regada por sus lágrimas? ¿Será porque Alberti supo captar muy bien la música que destiló en los suyos (sus versos)? ¿Será porque su destinatario fue, en última instancia, el hombre de la calle? ¿Será porque se valió como pocos del fulgor de las palabras escrupolosamente escogidas en las que constantmente retumban los golpes antiguos de su mar gaditana, también antigua? ¿Será porque su poesía es radicalmente abierta o, simplemente, porque colecciono versos?

Sea como fuere, siempre me gustó la imagen, la generosidad suscitada en su hacerme el alma navegable. Para mí estas cuatro palabras explican todo su recorrido poético y vital.
Y ahora la pregunta implacable que, como una gota malaya, zarandea mi pensamiento: ¿Lo llegaría a conseguir? ¿Se llegaría hacer el alma navegable?

domingo, 23 de marzo de 2008

Locus amoenus



Hay momentos y espacios que llenan los sentidos y en los que uno no tiene que hacer más que abandonarse y estar en comunión con lo que sucede. Y lo que sucede es tan senzillo como no hacer nada.
Dejarse llevar.
Alguien muy especial me ha retirado a uno de esos rincones del mundo en el que es fácil dejar atrás el abismo de hormigón y asfalto que nos envuelve. En el fondo me conoce muy bien y sabe qué es lo que necesito en todo momento.
Nuestras costas son un verdadero espectáculo y más cuando todo lo que les rodea esconde la energía y el tiempo que puede albergar una simple piedra. La Costa Brava Brava está llena de ellas. Puede apreciarse en la foto de más arriba, y eso nos encanta. Quizá porque, como decía, saben a tiempo, lentitud, calma y fuerza infinita. Sin duda, mucho más de lo que podemos pedir...
Atrás quedaban los crujidos artificiales de las ciudades. Por delante, sólo un cielo infinito e impoluto que nos bañaba de luz y nos inundaba de placentera armonía.
Ya la tarde se nos ha vuelto lluvia y no nos ha importado en absoluto.
Ojalá la naturaleza siga llorando de alegría tanto como nos es necesario.



jueves, 20 de marzo de 2008

Contra natura

Será senzillo hacerlo porque muy pocas cosas son tan ciertas. Ya lo verás, será muy fácil...
Nos esperaremos muy pronto a la vuelta de este viaje a través del silencio en el que todo me hace ya sentirme sólo en ti. Volveremos para decírnoslo y para que se oiga muy lejos. Nada ni nadie más podrá romper lo que siempre ha sido nuestro. Y no hace falta añadirle nada a todo esto para saberlo.
Me lo han dicho hoy otra vez nuestros ojos.
Me lo han dicho hoy otra vez nuestros besos...

miércoles, 19 de marzo de 2008

Pongamos que hablo de vivir...

Allá donde se cruzan los caminos,
donde el mar no se puede concebir…


Viajar solo ha sido una de las vivencias íntimas más importantes de mis tiempos. Cuando dejé atrás la puerta de casa, en la mochila había provisiones de miedo, mucho miedo. Pero por encima de todo disponía de buenas dosis de impaciencia para resolverme en esta aventura que nunca olvidaré. En el horizonte de este viaje casi iniciático, me esperaba en primer lugar el cielo imponente de Madrid. Y un poco más allá, Segovia, mezca de magia, piedra y luz.



Las calles de Madrid me llevaron a una representación nueva de mi concepción del mundo que ahora debe ponerse en orden. Fuencarral, Hortaleza, Tribunal, Sol, Malasaña, Callao, la carrera de San Jerónimo…, son pequeñas parcelas de un escenario con el que siempre sueño volver a pisar mientras me dejo penetrar por sus vibraciones.
Es impresionante sentir cómo nunca dejamos de crecer, cómo la cadencia de nuestro mundo nos pone en órbita y nos subvenciona parte de la tenacidad para hacernos (por decirlo al modo machadiano) los caminos al andar.
Si bien me marché solo, gran parte del tiempo lo pasé en grata compañía, pues mis dotes de sociabilidad (que creía escondidas) me llevaron, en primer lugar, hasta Alberto, Carlos y Marta. Ellos se hicieron eco de la tremenda hospitalidad castellana y me enseñaron la cara nocturna de la capital con la luna en mitad de ese cielo irrepetible. Siempre único e irrepetible. Nuestros caminos se han cruzado (no sé si por única vez), pero a ellos les estoy agradecido por el gesto y les mando un saludo especial desde aquí.

Luego están las coincidencias, esas criaturas caprichosas que restan invisibles y astutas bajo el insondable manto que cubre todas las cosas. Gracias a ellas me encontré con Roca y dos amigos suyos más en el Hotel de las letras de la Gran Vía que, por su mezcla extraordinaria de letras y modernidad, constituye un entorno paradisíaco para los amantes de la literatura (una concepción de hospedaje genuina). Para que os hagáis una idea, a los pies de la escalera y justo antes de subir el primer peldaño, se incrusta en la pared el texto Instrucciones para subir una escalera de Julio Cortázar. En sus estancias y pasillos aledaños, se enarbolan laberínticos fragmentos desprendidos de grandes obras de la historia de la literatura. Ello fue lo que me llevó hasta Honoré de Balzac, que me hubo de zozobrar con afirmaciones tan feroces como la que sigue: “Nuestros gustos predominantes son la condición de nuestra existencia (...)”. Hay letras que, combinadas magistralmente, dejan un sabor y una sospecha tras su alfombra repleta de significados. Y os podréis imaginar el impacto…

Una premisa importantísima en este viaje era codearme con mi soledad y ver hasta qué punto podía soportarla. Ahora sé que puedo hacerlo sin problema y sé también que los que me fui encontrando por el camino no me lo impidieron porque, como dice mi amiga, supieron acompañarme a estar solo.

En Segovia todo continuaba igual, pero ligeramente distinto. Bajo un techo de lluvia y junto al acueducto llegué a sentirme fluir casi como el agua…
El enclave fortificado de Segovia a los pies de la sierra del Guadarrama es un espectáculo para cualquier amante del vuelo.
Vosotros, ¿qué creéis? ¿Podríais concebir la vida percibiéndola con otros sentidos distintos a los que llevamos puestos? Yo creo que no. Que no seríamos quienes somos. Pero vamos... De todos es sabido que la fugacidad del tiempo es intransigente y, mientras mi viaje iba llegando a su fin, volví a Madrid para reencontrarme con Oriol, un amigo de los que sabes que son para siempre. Nuestras vidas dispares nunca quebrantan una magnífica conexión y, aunque mis gemelos acabaron por perder el sentido, piedra a piedra se alzó nuestro vuelo por tortuosas calles llenas de ensoñación, historia y tiempo.



A las seis de la tarde de ayer se acabó todo. La velocidad del AVE me devolvería a Barcelona en poco más de dos horas y media, despachando y burlando largas distancias en lo que a penas dura una cabezadilla.
Ahora me toca macerar suave y ligeramente el viaje. Sabemos todos qué duras son las vueltas a casa: mi irremediable talón de Aquiles.









sábado, 8 de marzo de 2008

Recuerdo de un "Largo lamento"

(...) un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto,
soltar las falsas alas de la prisa,
y derrotar así su propia muerte.

"La memoria en las manos", Pedro Salinas.

Todo queda absorto en las imágenes
de una memoria que palidece aturdida,
que emboscada en un dolor trémulo,
reafirma las pérdidas que dibujan
esta estela de recuerdos.

Ella misma, -la memoria-,
se paraliza
en mitad del sueño.
Mitad sueño,
mitad elegía.
Ojerosos sus relieves
de niña rota se me aparecen,
a la par que me sufre y hiere,
a la par que le duelo y sangro.

Agazapada está,
incrédula esta memoria.
Pero el ser que la alberga,
con cólera pelea.
Pelea por rabia,
Pelea
Pelea...

El sustrato de su vida es feroz
y en él se cifran sus derrotas.
Se extienden infinitas respuestas
con infinitas líneas,
que de vacías, se vuelven locas.
Las respuestas son
quienes le azotan.

Y no se acaban nunca.
No se acaban nunca...

Todo lo que perdí me devuelve
en ser humilde que
enloquecido mira ahora sus despojos.
Sentado en estos bordes,
en este humilde rincón
donde la ensordecedora quietud todo
lo desborda, donde resurgen
las heces hirientes de tu pérdida,
aquí,
donde se posa ahora otra derrota...

La locura de perderte,
la de tu afilada hoja suave de pérdida,
en esta tarde es la que me acribilla,
mientras yo me deshago
en todos tus recuerdos,
mientras los recuerdos
me soplan hacia oscuras sombras.
Insoportable se vuelve el zumbido
de la memoria con tu recuerdo,
ebrios recuerdos por los que
me maldigo en esta espiral de tarde sin sentido.

Los días pasan, y yo quisiera
mientras pasan, repararte.
Recorrer este desierto vacío y vil,
recorrerlo y que me lleve.
Que me lleve hasta aquel lugar
apartado del mundo en el que ansío quedarme,
en el que podría esperarte sin demora
sin la quejosa pesadumbre de las prisas,
sin la despiadada crueldad
que a veces tienen las cosas.

En ese lugar me quedaría expectante
imaginando, inventándome una nueva llegada de ti
en la que, novedosamente regresarías
siendo la misma, pero suavemente distinta.
Distintos también los dos,
Siendo lo que hemos sido más
lo que nunca dejamos que fuera.
Así yo te esperaría,
así me reuniría definitivamente contigo.
Así,
mientras te devuelvo lo que es tuyo,
al tiempo que hacemos posible todo lo
que debió ser nuestro.