
Dejé el alma que soñase:
volvería a despertar en primavera.
Pepe Hierro
Desde siempre intuí que no sería fácil. Cuando los espejos nos devuelven una imagen denostada de nosotros mismos podemos rehuir de su sentencia o asomarnos a su particular insistir transparente con el que nos repiten paciente y suavemente las cosas.
Nos guste o no, cuando nos asomamos a ellos encontramos parcelas de la realidad en las que, sin duda, habitamos. En ellas se conjuga todo. En esa imagen, cosida de vínculos entre las cosas y los seres en los que vivimos, se mueve un rumor de tiempo que es posible odiar y querer al unísono.
Baila entonces la cadencia de nuestro particular pulso humano trazado con reflejos.
En los espejos. Ahí se encuentran los pulsos copiándose más acá de la realidad, y de nosotros depende reparar las cosas rotas que por ellos transitan.
Mucha fe y una mirada enfundada en la pasión que se cosecha desde nuestro interior nos ayudará a conseguirlo.
Hace días que ha llegado la primavera y con ella mi terca y tradicional dialéctica con la vida. El mismo diálogo que se inunda siempre de niebla y luz, con la esperanza al acecho de todas las cosas.
Ayer en un paseo nocturno el paulatino ritmo de unos pasos sin prisas topó con un jardín de tulipanes levantado en mitad de una ciudad cualquiera. Mientras los observábamos incrédulos me preguntaba cuánto sabrán comunicarse con los transeúntes menudos e inquietos. Si esos transeúntes querrán pararse a contemplar la mansa quietud que los envuelve en medio del ruido de todos los pasos. Me pregunto también si esas flores aprenderán algo de nosotros mientras crecen en el mundo a la altura del vaivén que mueven nuestros zapatos, cómo se verá todo desde ahí abajo, qué les moverá a teñirse de blanco, rosa, rojo o amarillo, si los humanos sabremos entender y sostener escrupulosamente el tierno arder de sus aromas y si, como a nosotros, también les resultará difícil reconocerse entre los espejos.
volvería a despertar en primavera.
Pepe Hierro
Desde siempre intuí que no sería fácil. Cuando los espejos nos devuelven una imagen denostada de nosotros mismos podemos rehuir de su sentencia o asomarnos a su particular insistir transparente con el que nos repiten paciente y suavemente las cosas.
Nos guste o no, cuando nos asomamos a ellos encontramos parcelas de la realidad en las que, sin duda, habitamos. En ellas se conjuga todo. En esa imagen, cosida de vínculos entre las cosas y los seres en los que vivimos, se mueve un rumor de tiempo que es posible odiar y querer al unísono.
Baila entonces la cadencia de nuestro particular pulso humano trazado con reflejos.
En los espejos. Ahí se encuentran los pulsos copiándose más acá de la realidad, y de nosotros depende reparar las cosas rotas que por ellos transitan.
Mucha fe y una mirada enfundada en la pasión que se cosecha desde nuestro interior nos ayudará a conseguirlo.
Hace días que ha llegado la primavera y con ella mi terca y tradicional dialéctica con la vida. El mismo diálogo que se inunda siempre de niebla y luz, con la esperanza al acecho de todas las cosas.
Ayer en un paseo nocturno el paulatino ritmo de unos pasos sin prisas topó con un jardín de tulipanes levantado en mitad de una ciudad cualquiera. Mientras los observábamos incrédulos me preguntaba cuánto sabrán comunicarse con los transeúntes menudos e inquietos. Si esos transeúntes querrán pararse a contemplar la mansa quietud que los envuelve en medio del ruido de todos los pasos. Me pregunto también si esas flores aprenderán algo de nosotros mientras crecen en el mundo a la altura del vaivén que mueven nuestros zapatos, cómo se verá todo desde ahí abajo, qué les moverá a teñirse de blanco, rosa, rojo o amarillo, si los humanos sabremos entender y sostener escrupulosamente el tierno arder de sus aromas y si, como a nosotros, también les resultará difícil reconocerse entre los espejos.
A veces pienso en la complejidad extraordinaria con la que se teje la naturaleza a ella misma. Esa complejidad me resulta incomprensible y extraordinaria al mismo tiempo. Todo me responde que somos parte de ella, pero también me doy cuenta de que poco o nada nos hemos enseñado a compartir con toda su algarabía, pues creo que nunca aprenderemos del todo a escucharnos en ella.
La luna brillante y redonda se nos ha ido. Volverá como siempre vuelve la febrilidad de todas las pasiones y el dolor en primavera. Espero que nuestros cinco sentidos despierten del sueño. Que se nos vaya yendo la pereza.





