miércoles, 19 de marzo de 2008

Pongamos que hablo de vivir...

Allá donde se cruzan los caminos,
donde el mar no se puede concebir…


Viajar solo ha sido una de las vivencias íntimas más importantes de mis tiempos. Cuando dejé atrás la puerta de casa, en la mochila había provisiones de miedo, mucho miedo. Pero por encima de todo disponía de buenas dosis de impaciencia para resolverme en esta aventura que nunca olvidaré. En el horizonte de este viaje casi iniciático, me esperaba en primer lugar el cielo imponente de Madrid. Y un poco más allá, Segovia, mezca de magia, piedra y luz.



Las calles de Madrid me llevaron a una representación nueva de mi concepción del mundo que ahora debe ponerse en orden. Fuencarral, Hortaleza, Tribunal, Sol, Malasaña, Callao, la carrera de San Jerónimo…, son pequeñas parcelas de un escenario con el que siempre sueño volver a pisar mientras me dejo penetrar por sus vibraciones.
Es impresionante sentir cómo nunca dejamos de crecer, cómo la cadencia de nuestro mundo nos pone en órbita y nos subvenciona parte de la tenacidad para hacernos (por decirlo al modo machadiano) los caminos al andar.
Si bien me marché solo, gran parte del tiempo lo pasé en grata compañía, pues mis dotes de sociabilidad (que creía escondidas) me llevaron, en primer lugar, hasta Alberto, Carlos y Marta. Ellos se hicieron eco de la tremenda hospitalidad castellana y me enseñaron la cara nocturna de la capital con la luna en mitad de ese cielo irrepetible. Siempre único e irrepetible. Nuestros caminos se han cruzado (no sé si por única vez), pero a ellos les estoy agradecido por el gesto y les mando un saludo especial desde aquí.

Luego están las coincidencias, esas criaturas caprichosas que restan invisibles y astutas bajo el insondable manto que cubre todas las cosas. Gracias a ellas me encontré con Roca y dos amigos suyos más en el Hotel de las letras de la Gran Vía que, por su mezcla extraordinaria de letras y modernidad, constituye un entorno paradisíaco para los amantes de la literatura (una concepción de hospedaje genuina). Para que os hagáis una idea, a los pies de la escalera y justo antes de subir el primer peldaño, se incrusta en la pared el texto Instrucciones para subir una escalera de Julio Cortázar. En sus estancias y pasillos aledaños, se enarbolan laberínticos fragmentos desprendidos de grandes obras de la historia de la literatura. Ello fue lo que me llevó hasta Honoré de Balzac, que me hubo de zozobrar con afirmaciones tan feroces como la que sigue: “Nuestros gustos predominantes son la condición de nuestra existencia (...)”. Hay letras que, combinadas magistralmente, dejan un sabor y una sospecha tras su alfombra repleta de significados. Y os podréis imaginar el impacto…

Una premisa importantísima en este viaje era codearme con mi soledad y ver hasta qué punto podía soportarla. Ahora sé que puedo hacerlo sin problema y sé también que los que me fui encontrando por el camino no me lo impidieron porque, como dice mi amiga, supieron acompañarme a estar solo.

En Segovia todo continuaba igual, pero ligeramente distinto. Bajo un techo de lluvia y junto al acueducto llegué a sentirme fluir casi como el agua…
El enclave fortificado de Segovia a los pies de la sierra del Guadarrama es un espectáculo para cualquier amante del vuelo.
Vosotros, ¿qué creéis? ¿Podríais concebir la vida percibiéndola con otros sentidos distintos a los que llevamos puestos? Yo creo que no. Que no seríamos quienes somos. Pero vamos... De todos es sabido que la fugacidad del tiempo es intransigente y, mientras mi viaje iba llegando a su fin, volví a Madrid para reencontrarme con Oriol, un amigo de los que sabes que son para siempre. Nuestras vidas dispares nunca quebrantan una magnífica conexión y, aunque mis gemelos acabaron por perder el sentido, piedra a piedra se alzó nuestro vuelo por tortuosas calles llenas de ensoñación, historia y tiempo.



A las seis de la tarde de ayer se acabó todo. La velocidad del AVE me devolvería a Barcelona en poco más de dos horas y media, despachando y burlando largas distancias en lo que a penas dura una cabezadilla.
Ahora me toca macerar suave y ligeramente el viaje. Sabemos todos qué duras son las vueltas a casa: mi irremediable talón de Aquiles.









1 comentario:

quim dijo...

“la fugacidad del tiempo es intransigente”
Quanta raó tens!!!
El temps en si ja es un viatje.
Viatgem constantment.
Viatgem per viure.
Avui a traves de les teves paraules he pogut fer un recorregut per al temps que has passat a Madrid.
Me alegra veure que has tornat al bloc
Quant escolto al Savina al record del temps de estiu en fa humiteja als ulls.
El poema
Recuerdo de un “Largo tiempo”, es un dels poemes mes sentits que has fet darrerament, et felicito per la habilitat que tens de pogué jugar amb las paraules per expressar el que sents.