Tienen el don de la embriaguez más grande. Se conocieron en las escaleras del vecindario donde coincidían sólo de vez en cuando. Al principio se intercambiaban sonrisas a las que poco a poco dedicaron un culto excesivo. Luego ganaron terreno los ojos, que por delante de un tímido buenosdíasquétal hablaban más de lo que ellos hubieran querido. De ahí al interés mutuo, la curiosidad incansable y el espionaje eucarístico hubo un paso. Y es que entrometerse y husmear son costumbres tan españolas... Aunque ellos no lo hacían por puro vicio y con toda la sarna del que se abalanza sobre la carnaza como un buen depredador alcahueto, no. Ellos (sin saberlo) pasaban a ser contenido y continente de la magna sustancia arrulladora a la que llamamos amor.
Se perseguían por las escaleras, urdían planes para cruzar en los caminos a sus amistades, se inventaban motivos para sacar la basura en horas intempestivas e incluso de buena gana sacaban a pasear a sus perros. Se estaban enamorando hasta las cachas y, para cuando fueron conscientes, ya era demasiado tarde.
Al principio era sólo un juego tentador, de esos que habrían apetito con sólo imaginarse la partida. Hoy para ellos es un placer ocioso tras el que calentarse todos los días con algo nuevo y excitante. No han consumado todavía las excelencias de ese placer que aún está por llegar. Siguen en el terreno de juego, un poco más conscientes, pero igual de perplejos e indecisos que al principio. Si cabe, un poco más enfermos también.
Se ven todos los días mientras despliegan sus virtudes seductoras. Las más de las veces se traen de vuelta no desdeñables tesoros en los que complacer a sus sueños siempre a punto de... Otras (las menos) se disgustan porque en el juego también hay despojos que destrozan el corazón. Viven en la terrible ceguera inocente del amor, ese loco insaciable. Los deseos les llevan a pasear su locura de columna en columna, de calle en calle, porque así son las normas. Ellos ya lo saben y las aceptan sin más.
A la vista está lo asombroso de sus vuelos. Han perdido el mundo de vista. Es verdad, nada de lo que pasa fuera de ellos puede ya importarles más de lo necesario. Pero insisten las mirillas en la urgencia que les arrolla. Quieran o no hay un mundo fuera de ese crepúsculo eterno que les da existencia más de lo que quisieran. Hay también y, por así decirlo, testigos del vicio español que pasan el parte a diario.
La vida en directo se mantiene ya en el punto de mira y lo hace con todos los atributos.
Tras todo objetivo, esos dos locos al cuadrado...
