lunes, 6 de octubre de 2008

Locos al cuadrado

Tienen el don de la embriaguez más grande. Se conocieron en las escaleras del vecindario donde coincidían sólo de vez en cuando. Al principio se intercambiaban sonrisas a las que poco a poco dedicaron un culto excesivo. Luego ganaron terreno los ojos, que por delante de un tímido buenosdíasquétal hablaban más de lo que ellos hubieran querido. De ahí al interés mutuo, la curiosidad incansable y el espionaje eucarístico hubo un paso. Y es que entrometerse y husmear son costumbres tan españolas... Aunque ellos no lo hacían por puro vicio y con toda la sarna del que se abalanza sobre la carnaza como un buen depredador alcahueto, no. Ellos (sin saberlo) pasaban a ser contenido y continente de la magna sustancia arrulladora a la que llamamos amor.
Se perseguían por las escaleras, urdían planes para cruzar en los caminos a sus amistades, se inventaban motivos para sacar la basura en horas intempestivas e incluso de buena gana sacaban a pasear a sus perros. Se estaban enamorando hasta las cachas y, para cuando fueron conscientes, ya era demasiado tarde.
Al principio era sólo un juego tentador, de esos que habrían apetito con sólo imaginarse la partida. Hoy para ellos es un placer ocioso tras el que calentarse todos los días con algo nuevo y excitante. No han consumado todavía las excelencias de ese placer que aún está por llegar. Siguen en el terreno de juego, un poco más conscientes, pero igual de perplejos e indecisos que al principio. Si cabe, un poco más enfermos también.
Se ven todos los días mientras despliegan sus virtudes seductoras. Las más de las veces se traen de vuelta no desdeñables tesoros en los que complacer a sus sueños siempre a punto de... Otras (las menos) se disgustan porque en el juego también hay despojos que destrozan el corazón. Viven en la terrible ceguera inocente del amor, ese loco insaciable. Los deseos les llevan a pasear su locura de columna en columna, de calle en calle, porque así son las normas. Ellos ya lo saben y las aceptan sin más.
A la vista está lo asombroso de sus vuelos. Han perdido el mundo de vista. Es verdad, nada de lo que pasa fuera de ellos puede ya importarles más de lo necesario. Pero insisten las mirillas en la urgencia que les arrolla. Quieran o no hay un mundo fuera de ese crepúsculo eterno que les da existencia más de lo que quisieran. Hay también y, por así decirlo, testigos del vicio español que pasan el parte a diario.
La vida en directo se mantiene ya en el punto de mira y lo hace con todos los atributos.
Tras todo objetivo, esos dos locos al cuadrado...


jueves, 2 de octubre de 2008

Capítulo II

El sol cubría la mañana con una luz perezosa que nombraba de forma extraña aquel paisaje. Abajo la calle por la que transitábamos la noche anterior bajo el asombro del viaje parecía nueva, con esa novedad con la que el día levanta las cosas. Descamisado y todavía con el cuerpo entumecido tras el sueño observé una silueta en el balcón de enfrente. Aquella jovencísima mujer africana también se acababa de levantar. Detuvo su perplejidad unos segundos ante el mundo. Parecía no importarle que alguien pudiera observarla. Su pecho estaba perfectamente desnudo. Tras unos segundos más algo en su interior la llamaba a las primeras tareas del día. Descolgó del tendedero una camiseta, se la colocó suavemente, con sigilo. Detuvo sus pasos y observó el interior de su casa. Había en aquel gesto abandonado de su cuerpo algo impalpado por la luz tenue del sol, algo que no se explica sino desde el silencio de su propio secretismo.
Deslizó sus pasos suavemente hacia adentro. Tal vez se prepararía el desayuno o tal vez se acercaría al dormitorio porque le apeteciera lo elemental. La imagen de aquel cuerpo de hombre revuelto en la pulcritud de las sábanas blancas le despertaría un deseo limpio y delicado. Ambos viajarían hacia la humedad lujosa y salvaje del placer. Hasta matarse. Después cada uno volvería a su silencio e incluso asistirían al crudo gotear del día con gratitud. La prueba del delito dejaría escrito en la piel el viaje del sudor habitado por la gloria; algo así como los surcos del deseo.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Capítulo I: De un escrito todavía en marcha e inclasificable

Una veintena de senegaleses llenos de picardía y muchas ganas de llevarse algo a los bolsillos nos había atosigado a la salida del aeropuerto. Salimos airosos de algunos forcejeos y nos subimos a la vieja furgoneta. Algunos buscábamos la lógica o una solución en silencio mientras observábamos la ciudad.
-No tenemos nuestras maletas. ¡Dios! ¿Cómo lo vamos a hacer?
-Mañana mismo llamamos a la compañía, les pedimos explicaciones e informamos de esto al seguro.
(Momento bochornoso).
En medio de aquella aparente hostilidad yo luchaba entre el cabreo, la resignación y la impotencia por recuperar la serenidad. También buscaba en silencio una explicación. ¿Quién nos había mandado ir allí?
Me fui ausentando de las quejas para comunicarme sólo con las mías. Mientras lo hacía observaba la ciudad de camino hacia el hotel. Las calles estaban cubiertas de una arena finísima que recordaba al desierto, el lodo empastaba los bordes del camino, los escombros se acumulaban por todas partes y apenas había luz.
Llegamos al hotel todavía nerviosos y un poco descolocados. Hacía calor, era tarde y estábamos muy, muy cansados. Luego nos repartimos las habitaciones y nos fuimos a dormir sin limpiarnos los dientes porque todos los cepillos se habían extraviado con el extravío (valga la redundancia) de nuestros equipajes.
El calor era aún más asfixiante bajo aquellas mosquiteras así que alargamos la plática hasta tarde. Sacamos a pasear las risas mientras nos esforzábamos por darle una vuelta de tuerca a aquella situación rocambolesca. Descansaríamos y mañana buscaríamos una solución. El viaje no podía esperar y, si no nos lo queríamos perder, nosotros tampoco.
Era de madrugada, apenas habríamos dormido tres horas y nuestra desorientación era evidente. Un murmullo se colaba por nuestra ventana desde el exterior. Era eso lo que nos había despertado. Parecía casi una cantinela, voces con ritmo pero sin musicar, un sonido cercano al ronroneo. Aquello parecía formar parte del sueño que nos acababa de arrancar. Había algo en ese canto que nos embelesaba y nos transportaba más allá de la realidad. La voz venía hacia afuera desde los estómagos de quienes fueran que emitían aquel murmullo. Directa y precisa como la puntería en una bala llegaba a nuestros oídos.
Rápidamente comprendimos que aquello era una plegaria. Un acto de comunión y respeto hacia algo que estaba fuera de este mundo. Tal vez una mezquita estaba demasiado cerca de nosotros. Alguien desde los minaretes llamaba a los creyentes para la oración. Se purificarían pies y manos ordenadamente antes de arrodillarse mirando hacia la Meca. Luego saldrían de forma igualmente ordenada y respetuosa para cumplir pacientemente con las obligaciones del duro día.
Una cultura ajena con todo lo que aglutina la palabra cultura estaba a punto de dejarse conocer por nosotros. Había algo en aquella plegaria que nos daba la bienvenida, que nos saneaba y que casi parecía rezar por nosotros y nuestro viaje.
¿Quién nos iría a robar ahora esa certeza rotunda y esa emoción de sabernos empezando algo nuevo?