jueves 2 de octubre de 2008

Capítulo II

El sol cubría la mañana con una luz perezosa que nombraba de forma extraña aquel paisaje. Abajo la calle por la que transitábamos la noche anterior bajo el asombro del viaje parecía nueva, con esa novedad con la que el día levanta las cosas. Descamisado y todavía con el cuerpo entumecido tras el sueño observé una silueta en el balcón de enfrente. Aquella jovencísima mujer africana también se acababa de levantar. Detuvo su perplejidad unos segundos ante el mundo. Parecía no importarle que alguien pudiera observarla. Su pecho estaba perfectamente desnudo. Tras unos segundos más algo en su interior la llamaba a las primeras tareas del día. Descolgó del tendedero una camiseta, se la colocó suavemente, con sigilo. Detuvo sus pasos y observó el interior de su casa. Había en aquel gesto abandonado de su cuerpo algo impalpado por la luz tenue del sol, algo que no se explica sino desde el silencio de su propio secretismo.
Deslizó sus pasos suavemente hacia adentro. Tal vez se prepararía el desayuno o tal vez se acercaría al dormitorio porque le apeteciera lo elemental. La imagen de aquel cuerpo de hombre revuelto en la pulcritud de las sábanas blancas le despertaría un deseo limpio y delicado. Ambos viajarían hacia la humedad lujosa y salvaje del placer. Hasta matarse. Después cada uno volvería a su silencio e incluso asistirían al crudo gotear del día con gratitud. La prueba del delito dejaría escrito en la piel el viaje del sudor habitado por la gloria; algo así como los surcos del deseo.