Dios mío, ¡estoy hecha un harapo! Parece que las miradas inquisidoras me buscan en medio de un gesto de desaprobación. En todo esto me observo con torpe disimulo y doy gracias a mis ropas que me ayudan a recuperar la memoria repleta de lagunas impertinentes. Me doy cuenta de que anoche frecuenté las barras de muchos antros hasta caer de bruces al suelo en el último de ellos. De repente me vi en aquel suelo pringoso y lleno de colillas que sin duda dejó su imprenta en mis tejanos, ¡qué vergüenza!
- ¿Estás bien?-. Un antebrazo desnudo entró dentro de mi campo visual mientras intentaba recomponer los últimos segundos antes de la bochornosa caída. -Te has mareado-, sentí que me decía aquella voz que me retrotraía a mi espiral de distorsión. Al instante y de un tirón aquel brazo me puso derecha. -Llevo media noche observándote. Reías, refunfuñabas, escupías no sé cuántas maldiciones a regañadientes y has acabado entre sollozos antes de pegarte una hostia sideral contra el suelo. Algo va mal, ¿verdad?-. Quise contestar a la interrogativa pero mi interlocutor dio un viraje súbito hacia otros derroteros paralizando mi respuesta y sellándome los labios para el resto de la noche. Lo cierto es que aquel treintañero robusto de rasgos graves y marcados hizo alarde de su torrencial capacidad oratoria, que me dejó embelesada y que acabó por anestesiarme del todo. Recuerdo que su perspicaz verborrea trepaba de un tema a otro sin piedad hasta que finalmente aquellos labios me sonrieron mientras me sugerían acompañar a su dueño hasta un apartamento de la zona en el que éste vivía de forma provisional con la excusa de enseñarme no sé qué.
Cierto fue que nuestro lugar de destino estaba próximo, a escasos metros del bar que cerramos él y yo más otros tres cuerpos trasnochados y derrotados también por la inmundicia del alcohol. Cruzamos rápidamente el vestíbulo del inmueble. El ascensor abierto parecía habernos estado esperando. Ya en aquel punto de la noche yo ya hacía un buen rato que estaba húmeda pensando en toda aquella armadura muscular a la que seguía atónita.
Su piel estaba bañada de un moreno cobrizo de espanto que acentuaba aún más mis deseos libidinosos. Inmediatamente, tras cerrarse las puertas y sin casi tiempo a asimilar lo que estaba claro que iba a pasar, tenía ante mí a un fiero depredador sexual cuyo paquete palpitaba estrepitosamente y amenazaba con explotar allí mismo. Se abalanzó sobre mí sin más preámbulos y toda la fuerza de su verborrea se transformó en un ataque de lujuria desmesurada que a mí me facilitaba mucho las cosas, pues acabé por desatar mis embravecidos deseos y el alcohol, aunque mal consejero, al final me ayudó en algo. Como poco me permitió interpretar con facilidad toda la pulsión y el ardor de mi sexo.

Allí mismo follamos la primera vez sin esperar a entrar en el apartamento. Allí mismo le arranqué la camisa haciendo saltar los botones mientras nos metíamos la lengua hasta el esófago. Él, más cauto, pero sin menos descaro, me desembuchó de la camisa para hundir su cabeza en mi escote. Además de dotes comunicativas, aquel desconocido resultó tener un aunténtico dominio en la estimulación de las mamas, pues hizo rodar su lengua por mis tetas pasando sobre mis pezones en el momento exacto para que yo gimiera, sumisa y embriagada de placer, mientras el ascensor subía y bajaba por aquel hueco en el que minutos antes transitaba con hastío.
Recuerdo que di la bendición a todos los huecos que se topaban con mi vida. Los instantes más interesantes suelen tener lugar en los huecos. En los huecos haces un descanso y puedes mirar el mundo con denuedo, en los huecos puedes pensarte y acercarte a tus misterios, en los huecos te escapas al mundo, te escondes, te regaliman fructíferos los pensamientos y, en los huecos, también te puedes encontrar con un compañero de viaje, muy dado como tú a pasárselo bien mientras se porta muy mal.
Al mismo tiempo en que pensaba entodo esto me fui perdiendo por aquellos abdominales magistralmente trabajados y ahora envueltos en sudor. Me deslicé por aquel sendero ayudándome con mi lengua que a su paso hacía erizar los pelos, mientras yo me acercaba sigilosamente al bulto. Le desabroché el cinturón con los dientes mientras palpaba con mi mano derecha el volumen de aquel misterio. En cuestión de segundos me encontré con un descomunal miembro al que no tardé en complacer con mi boca. Lamía aquella polla como si se me fuera la vida en ello. Luego, y a horcajadas, aquella masa de músculos me sentó sobre sus ingles y cuando me quise dar cuenta mi sexo ya estaba succionando con fuerza aquel miembro descarrilado. No recuerdo el número de veces que lo hicimos. Cabalgamos largo tendido en aquel cubículo de escasos metros. Nos empotrábamos en las paredes mientras nuestras carnes rompían desorbitadas de placer a la par que el ascensor se esforzaba por entrar en mimetismo con nosotros, pues subía y bajaba hábilmente sin cesar por su recorrido habitual.
Una vez agotada la escena del ascensor, pasamos a estancias más privadas en el apartamento de aquel chico. Lo hicimos por todas partes hasta caer rendidos en el destartalado sofá-cama. No recuerdo cómo ni cuándo nos quedamos dormidos, pero esta mañana cuando me he levantado azotada por el dolor de cabeza y la ofensiva mezcla de olor a alcohol, sudor y tabaco mi cabeza retumbaba dificultando que pudiera recordar algo de la noche anterior. De buena gana me hubiera dado una ducha, pero no quería despertar al que al fin y al cabo había sido un desconocido para mí. Con desdén he recogido mis cosas, me he vestido apresuradamente y maldiciéndome me he arrojado a la calle con la hora pisándome los talones.

Mientras he tomado un atajo por las laberínticas calles del centro se me ha ocurrido que mi vida es un continuo atropello muy similar al tortuoso trazado urbanístico que intentaba atravesar. Calles estrechas donde apenas llega la luz del día se retorcían entre encrucijadas burlándose de mi torpe orientación. Eran las 13:30, sufría una jaqueca desproporcionada y me estaban persiguiendo los flashes insistentes de las imágenes de anoche. Al llegar a la avenida de los grandes bulevares los escapartes relampageaban hipnotizando a los transeúntes. Cómplices del misterio, muchos eran los abducidos hacia sus interiores y la calle era un desfile de bolsas estampadas con los logos más podridos de globalización. Teniendo en cuenta mis fachas, era obvio que hubiera sentido tristeza por mi aspecto en medio de aquel espectáculo sonoro. Ahora, en pleno trayecto hacia mi parada, me doy cuenta de que los fantasmas vuelven a visitarme deportándome a la desidia. La peor imagen del día sin duda ha sido la de mi reflejo en el cristal. Me he visto al desnudo entre destellos que recogían una exhaustiva radiografía de mi geografía exterior e interior. De los resultados obtenidos, mejor ni hablemos y como todavía quedan varias paradas, me decido a iniciar mi habitual juego de inventar vidas ajenas. Observo a los ocupantes de mi vagón con detenimiento, intentando escudriñar datos biográficos que viven sólo en mi imaginación. Puede parecer un juego absurdo, pero la cuestión es que me divierte. Al mismo tiempo que juego, les voy preguntando contínuamente a sus ojos si se han salvado, si a ellos también les cuesta tanto encontrar un lugar en el mundo, si lo darían todo porque tuviéramos un mundo mejor o si, por el contrario, podrían abandonarse haciendo que fuera aún peor.
Más tarde juego a representarme mentalmente el recorte de la morfología perfecta de todos esos corazones que albergan sus pechos y sonrío al pensar que éstos podrían estar moviéndose pen un mismo latido. Quiero pensar que así es, que todos viajan al unísono y trazando una misma carrera humana. Quiero pensarlo. Quiero sentirlo en el mío también, en mi corazón. Sentir la rabia de esa alegría...
Cierro los ojos. No quiero soñarlo más. Quiero que retoñe en el adentro ese pulso.
Lo pulso.
Lo siento...

5 comentarios:
No esta nada mal esta navidad, los ascensores y los uecos dan mucho de si y el alcohol como siempre, el espiritu de la NAVIDAD
BONES FESTES a tots
¡Cuidado con el alcohol!
Por los huecos hay que perderse tanto como uno pueda...
Quim, todavía estaba haciendo algunos ajustes cuando me has dejado aquí tu comentario. Intuyo que también estás trasnochando. Espero verte mañana para felicitarte el "natale" y recuerda que quedan escasas horas para el parto y que yo me pedí estar presente. ¡Un abrazo!
Desde el comienzo de este blog que le sigo los pasos, Señor Ramos, y por lo visto no ha tardado en trastabillar. ¿Se va o se queda? Por mucho que lo adorne con sentimentalismos su inseguridad se le ha escapado de las manos. Sus amigos insistirán, usted retrucara con palabras contemplativas y todo volverá a ser como antes. Ya tiene la confirmación, puede seguir escribiendo con el consentimiento de sus lectores. Yo lo seguiré leyendo y no tardaré en remarcarle sus errores.
Boris Nebula, creo que es la segunda vez que leo "tratabillar" y tengo que decir que me encanta este verbo por como suena y por lo mucho que lo practico. Me da que usted también lo practica, aunque con más elegante soltura que yo.
Nos levantaremos y caeremos para volvernos a levantar después. Todos asistiremos a nuestras propias flaquezas. Con sentimentalismos o no, con inseguridades o no, con errores o no, yo le espero aquí en los bordes y acudiré también a su tercera voz.
Me produce una gran alegria que vuelvas a escribir, pués me he tornado una de tus mas fieles seguidoras. No puedo dejar de leerte!!
Ya lo sabes!! Cuando estallé la guerra, estaré en la trinchera contigo!!
Un besazo!!
No importa cuantas veces caigas lo importante es volver a ponerse en pie!!
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