Adoro estas navidades del 2008 porque precisamente no me parecen navideñas. Pasan los días sin pena ni gloria, aunque con más gloria que pena, la verdad (y fíjate que ya hemos pasado lo más engorroso de estas fiestas...).
Es curioso cómo los seres humanos estamos férreamente apegados a lo cotidiano. Cuando trabajamos, echamos pestes de los días de diario con la misma pasión con la que anhelamos, no ya el fin de semana cercano, sino los puentes, acueductos y, sobre todo las ansiadas vacaciones. Pues bien, una vez llegadas, algunos deseamos que se acaben lo antes posible. Esa es la particular condición del ser humano, que vive siempre en una suerte de fatalidad vital adornada con sus eternas contradicciones.
A mí sólo me invade ese sentimiento en navidades. Ellas y yo cada año nos entendemos menos, aunque lo cierto es que nos soportamos mútuamente sin esfuerzo. Su sinsentido es tal para mí, que ello me conduce a la absoluta indiferencia para con estas fechas.
Cada vez cuesta más sentarse a la mesa durante horas sometiéndose uno al riesgo de sufrir una indigestión absolutamente irracional.
La verdad que vaya sacrificio el nuestro...
Me recuerda todo este paripé a la Égloga representada la mesma noche de Antruejo, de Juan del Encina, en la que se celebra un banquete copioso en carnaval, antes de la llegada de la abstinencia de la Cuaresma. Los personajes, cegados por la gula, engullen cantidades ingentes de comida y de vino. Aquí se dan cita a partes iguales la exaltación del placer y la alegría de vivir. La ansiedad parece reinar en este canto lleno de ironía, dedicado al carácter animal del ser humano (vaya paradoja...). Un carácter animal no muy alejado del nuestro en estas fechas.
Pronto volveremos a la cotidiana normalidad. Se llenaran los gimnasios y nos martirizaremos con las dietas de carácter casi o más animal que nuestro engullir en estas fiestas. Nos desnavidaremos, volveremos a la crisis y al transcurrir de nuestros días con su paso plomizo y lento, y nos sumiremos en la nostalgia, no ya del cercano fin de semana, de los puentes y acueductos, sino de las esperadas vacaciones. Esta vez las de Semana Santa, que vendrán no con menos sinsentido; no con menos desafecto.

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