Hace días que me rodea una especie de angustia a la que debería denominar más bien preocupación. El caso es que una serie de coincidencias me llevan a la consideración de creerme en posesión de una virtud nueva o extraña. La tal virtud es creciente y bien podríamos relacionarla con la capacidad de ser invisible, (esa condición con la que todos hemos soñado en no pocas ocasiones).
Cada vez más me siento como un sujeto al que no se le distingue entre sus semejantes, y no es que este sentimiento se haya convertido en una obsesión absurda, pues los propios hechos lo demuestran. Si voy acompañado a algún comercio y consulto algo al tendero sobre un producto, este no sólo me ignora, sino que dirige sus explicaciones a mi acompañante (que le importa una mierda lo que yo ando buscando) haciendo caso omiso del que demanda (esto..., yo mismo). Me ha pasado en repetidas ocasiones en los últimos días. Hoy mismo, después de cumplir con muchas obligaciones, me he acercado a una cafetería muy cool, me he sentado en una mesa alejada en busca de un poco de tranquilidad y he abierto el periódico mientras esperaba que el camarero viniera a tomar nota. Relajadamente (hoy hemos tenido fiesta en el instituto), he ido pasando de una noticia a otra y a otra y a otra y, cuando me he querido dar cuenta, llevaba quince minutos de reloj esperando a ser atendido mientras otras mesas que, curiosamente han entrado detrás de mí, ya estaban servidas. Y no sólo eso, sino que los propios camareros descuidándose de sus tareas hablaban muy ruiseños entre ellos a saber de qué.
Con el ánimo que me hierven los nervios este tipo de desconsideraciones hacia el cliente, me he levantado de la silla, me he colocado el abrigo, he cogido mi periódico y muy prudentemente me he dirigido a la salida sin decir nada, evitando así salpicar con mi ira a los dueños del local. Pero cuando estaba casi a punto de alcanzar la puerta, el camarero me pregunta:
- Perdone (¡y encima me habla de usted el muy gilipollas!), ¿ha pagado el café?
- ¿Qué café?-, le repondo entre sorprendido e indignado-. ¿El que no me habéis servido?
- Ah... Perdone es que pensábamos que ya había consumido. Con tanta gente... Si quiere, le servimos ahora mismo.
- No chico, ni te molestes. Disponía de veinte minutos para tomarme un café y ya sólo me quedan cinco (mentira cochina para despertarle sentimiento de culpabilidad). ¿Sabes la cafetería que hay aquí detrás?
- Sí...
- Pues ahí que me voy ahora mismo.
Me he dado la vuelta, he abierto la puerta, y ahí le he dejado con la boca abierta hasta los pies.
Pues bien, situaciones como estas se repiten más de lo que yo quisiera. El otro día se lo comentaba a una compañera de trabajo: Creo que padezco algo así como el mal de los invisibles... Me pidió explicaciones y le argumenté el porqué con no pocos ejemplos. Imposible que seas invisible chaval, con esa belleza ni de coña puedes pasar desapercibido... Gracias por el cumplido, le dije, pero no te esfuerces. Invisible, tal y como te lo digo...
A todo esto nos echamos unas risas y la cosa quedó en una simple anécdota.
No sé si debo angustiarme o no y, pese a que hoy me he irritado un poco más de la cuenta, creo que hasta puedo estar orgulloso de mi nueva condición. Un hombre solitario como yo no podría soñar menos que ser precisamente eso, invisible.

No hay comentarios:
Publicar un comentario