martes, 15 de julio de 2008

Flor en la memoria

No hay ninguna razón
para estar triste
ni para estar alegre.
No hay razón para nada.
Y sé feliz así.
José Corredor-Matheos
Ha venido tu lengua a susurrarme un poco de silencio. Sé que es tu lengua y sé que es tu silencio porque muy pocas más he oído sentirse sin la necesidad de gritar para hacerse un hueco en el mundo. Y esa eres tú, la misma lengua tuya, tu mismo silencio que ahora habla como al través de mi alma de niño.
No sé, mi querida abuela, si ahora te has quedado anhelante o nostálgica, si tiene idea de tus espacios ilimitados este susurro que transpira tanto de ti por tu lengua. Pero sé, sin embargo, que su ruidito de palabras te regresa a la región de levedad, de sin memoria, por la que otras veces ya habías venido. Sé que es ese mismo susurro tu voz pura y tu música. Sé también que no tiene noticia de iras, envidias o de cualquier otra miseria humana. Y sé que por eso eres tú. Y sé también que eres tú porque se me ha plantado una emoción. Una emoción eterna que echa sus raíces fuertes aquí conmigo. Cerca, siempre cerca de lo azul que tiene el corazón.
Cuando desde el otoño de tu vida te ibas, encanecida tu alma, hacia la muerte, entendía la hondura de cada uno de tus suspiros al despedirte. Volvías a entrar en mis pensamientos a través de tu dolor último y venía a mí una forma auténtica de cuando tus días de aguas libres te revolaban el pecho.
Ahora tu susurro me sienta en tus jóvenes manos, las mismas que cogían el aroma del sol mojado de las mañanas puestas en sábados. Las mismas que con dolor yo acariciaba en tu lecho de muerte. Las mismas que todo de ti esparcían sin descanso.
Aquellos fines de semana vuelven una y otra vez a encenderse. Reconozco su luz por el olor a las tostadas del desayuno que con mimo nos preparabas. Y aquellas manos te devuelven otra vez aquí, con tu menudo y ligero movimiento para hablarnos a todos, como si quisieras que entendiéramos que no estás muerta, que la muerte es sólo una mudanza, un invento trasnochado de nuestra profunda adherencia al mundo de lo material. Vienes así por el sol hasta aquí, envuelta en tu forma primera. Y es así como quiero mirarte a los ojos. Es así como quiero saber que todavía me sigo haciendo mayor en ellos, aprendiendo tantísimo, disfrutando tantísimo, riendo de alegría tantísimo, contigo.
Cuando, como ahora, ese mismo susurro vuelve, se deposita en mí una alegría ausente regada por tu cuerpo de agua de niña. ¿Te acuerdas? Yo no podía entonces escribir una sola palabra para iluminar contigo lo que de oscuro tenía tu entierro. No pude escribir una sola palabra que impulsara tu vuelo.
No hacía falta. No hacía falta porque esa triste ausencia del idioma no era tal ausencia, sino tu silencio, que son todas las palabras. Todos los idiomas. De la misma forma, ese entierro no era tal entierro, sino una manera nueva de tu eterno continuar naciendo hacia todo. Era tu calidad profunda, hermosa y trágica al mismo tiempo. Espiritual e invisible. Luz de tu silencio que, a quienes siempre te hemos escuchado, nos guía de forma instintiva hacia la vida.
A la vida
A vivir
Porque tú no estás muerta abuela.
No estás muerta.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

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No son letras, no son palabras, no son frases, ...
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son SENTIMIENTOS, es DULZURA, es AMOR, son RECUERDOS

Le podrias poner un marco porque es una obra de arte.
Gracias nuevamente por desnudar tus dentimientos.

David dijo...

Ojalá pudiera enmarcar esos momentos, los que trascienden las palabras y nos traen los sentimientos, el amor...
Es verdad, no son palabras. No sé qué son.
Gracias por las tuyas (por tus palabras).