miércoles, 1 de octubre de 2008

Capítulo I: De un escrito todavía en marcha e inclasificable

Una veintena de senegaleses llenos de picardía y muchas ganas de llevarse algo a los bolsillos nos había atosigado a la salida del aeropuerto. Salimos airosos de algunos forcejeos y nos subimos a la vieja furgoneta. Algunos buscábamos la lógica o una solución en silencio mientras observábamos la ciudad.
-No tenemos nuestras maletas. ¡Dios! ¿Cómo lo vamos a hacer?
-Mañana mismo llamamos a la compañía, les pedimos explicaciones e informamos de esto al seguro.
(Momento bochornoso).
En medio de aquella aparente hostilidad yo luchaba entre el cabreo, la resignación y la impotencia por recuperar la serenidad. También buscaba en silencio una explicación. ¿Quién nos había mandado ir allí?
Me fui ausentando de las quejas para comunicarme sólo con las mías. Mientras lo hacía observaba la ciudad de camino hacia el hotel. Las calles estaban cubiertas de una arena finísima que recordaba al desierto, el lodo empastaba los bordes del camino, los escombros se acumulaban por todas partes y apenas había luz.
Llegamos al hotel todavía nerviosos y un poco descolocados. Hacía calor, era tarde y estábamos muy, muy cansados. Luego nos repartimos las habitaciones y nos fuimos a dormir sin limpiarnos los dientes porque todos los cepillos se habían extraviado con el extravío (valga la redundancia) de nuestros equipajes.
El calor era aún más asfixiante bajo aquellas mosquiteras así que alargamos la plática hasta tarde. Sacamos a pasear las risas mientras nos esforzábamos por darle una vuelta de tuerca a aquella situación rocambolesca. Descansaríamos y mañana buscaríamos una solución. El viaje no podía esperar y, si no nos lo queríamos perder, nosotros tampoco.
Era de madrugada, apenas habríamos dormido tres horas y nuestra desorientación era evidente. Un murmullo se colaba por nuestra ventana desde el exterior. Era eso lo que nos había despertado. Parecía casi una cantinela, voces con ritmo pero sin musicar, un sonido cercano al ronroneo. Aquello parecía formar parte del sueño que nos acababa de arrancar. Había algo en ese canto que nos embelesaba y nos transportaba más allá de la realidad. La voz venía hacia afuera desde los estómagos de quienes fueran que emitían aquel murmullo. Directa y precisa como la puntería en una bala llegaba a nuestros oídos.
Rápidamente comprendimos que aquello era una plegaria. Un acto de comunión y respeto hacia algo que estaba fuera de este mundo. Tal vez una mezquita estaba demasiado cerca de nosotros. Alguien desde los minaretes llamaba a los creyentes para la oración. Se purificarían pies y manos ordenadamente antes de arrodillarse mirando hacia la Meca. Luego saldrían de forma igualmente ordenada y respetuosa para cumplir pacientemente con las obligaciones del duro día.
Una cultura ajena con todo lo que aglutina la palabra cultura estaba a punto de dejarse conocer por nosotros. Había algo en aquella plegaria que nos daba la bienvenida, que nos saneaba y que casi parecía rezar por nosotros y nuestro viaje.
¿Quién nos iría a robar ahora esa certeza rotunda y esa emoción de sabernos empezando algo nuevo?


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Les olors, els colors, els somriures, la complicitat, la supercaió... sembla mentida que per descriure unicamnet deu dies calguin tantes paraules. L'art de viatjar ens fa crèixer i sens dubte l'Africa ens acompanyarà durant molt de temps.

David dijo...

Tant de temps ens acompanyarà que encara estem viatjant... No em puc treure del cap tot el que vaig veure i viure. Sembla que no hagi estat possible. Les imatges passen pel meu cap com una pel·licula que res té a veure amb mi.
M'emociona que planegem ja un altre viatge a l'Àfrica. Senegal, Kènia, Benin... quin dilema!