
Lo puedes mirar desde cualquier punto del prisma que su valor siempre permanecerá inalterado, puro.
Lo leía el sábado fuera del tiempo y de las miserias humanas y comprendí perfectamente lo que se contaba de la POESÍA en mayúsculas. Venía en el suplemento Babelia de El País. Voces espléndidas como Emilio Lledó o Caballero Bonald hablaban de ella con mimo, frotándole el brillo con la delicadeza de quien teme que algo muy valioso pueda desgarrarse o sufrir daños. Y sentí que me sobrecogía por sorpresa su verdad, el golpe de una emoción que existe desde que el mundo es mundo.
Acercarse a la poesía no es fácil. Leerla es embaucarte en un viaje demasiado profundo, a veces peligroso y lleno de dolor, y otras lleno de eternidad que reverdece con embeleso, deleite, serenidad...; una religión no dogmática y mucho menos, acompañada de fanatismos. Es como un baile que, antes de llegar a disfrutarse de forma plena, exige de disciplina, rigor y perseverancia, que requiere además de un entreno especial, porque no hace falta decir que especial es la poesía.
Hace días que he cumplido un sueño que creía roto. Bailar es para mí otra actividad especial e íntima en la que se crean muchas cosas con y en el movimiento de tu cuerpo. Cualquier forma de danza puede ser una expresión llena de fuerza y vigor. Pero hay una, existe para mí sólo una que siempre me ha llamado mucho la atención.
Me refiero al flamenco. Desde siempre el flamenco me ha envuelto en un sabor adictivo del que no puedo o no quiero salir cuando viene a verme. He envidiado siempre cómo bailaroes de todo tipo disfrutaban de la fuerza arrulladora que se lleva todo consigo cuando se escucha y se baila, a un tiempo, flamenco. Como la poesía, el flamenco es también baile y contiene en su sino elementos tan auténticos y universales como el amor o la pasión.
Lo leía el sábado fuera del tiempo y de las miserias humanas y comprendí perfectamente lo que se contaba de la POESÍA en mayúsculas. Venía en el suplemento Babelia de El País. Voces espléndidas como Emilio Lledó o Caballero Bonald hablaban de ella con mimo, frotándole el brillo con la delicadeza de quien teme que algo muy valioso pueda desgarrarse o sufrir daños. Y sentí que me sobrecogía por sorpresa su verdad, el golpe de una emoción que existe desde que el mundo es mundo.
Acercarse a la poesía no es fácil. Leerla es embaucarte en un viaje demasiado profundo, a veces peligroso y lleno de dolor, y otras lleno de eternidad que reverdece con embeleso, deleite, serenidad...; una religión no dogmática y mucho menos, acompañada de fanatismos. Es como un baile que, antes de llegar a disfrutarse de forma plena, exige de disciplina, rigor y perseverancia, que requiere además de un entreno especial, porque no hace falta decir que especial es la poesía.
Hace días que he cumplido un sueño que creía roto. Bailar es para mí otra actividad especial e íntima en la que se crean muchas cosas con y en el movimiento de tu cuerpo. Cualquier forma de danza puede ser una expresión llena de fuerza y vigor. Pero hay una, existe para mí sólo una que siempre me ha llamado mucho la atención.
Me refiero al flamenco. Desde siempre el flamenco me ha envuelto en un sabor adictivo del que no puedo o no quiero salir cuando viene a verme. He envidiado siempre cómo bailaroes de todo tipo disfrutaban de la fuerza arrulladora que se lleva todo consigo cuando se escucha y se baila, a un tiempo, flamenco. Como la poesía, el flamenco es también baile y contiene en su sino elementos tan auténticos y universales como el amor o la pasión.
Hablo de esa exigencia casi animal que tienen ambas cosas para con lo puro. De esa fuerza de raíz que sale del mismo vientre de nuestro existir humano, tantas veces representado en el arte.
Palabra y baile, Poesía y vida, como muy bien se recordaba en el Babelia y como muy bien también supo decirlo Juan Ramón al referirse a la entrega profunda que exigía de él la dedicación a la palabra poética.
Palabra y baile, digo yo (si me lo perimites, mi querido Juanra). Más allá del tiempo y el espacio lo eterno dispone de varias vías por las que manifestarse y, dependiendo de quién sea el sujeto esas vías variarán ligeramente. Yo incluyo a mi vía (y a mi manera) el baile flamenco (que tan destrozados me tiene los pies). Y lo hago por muchos motivos. A saber: por su elegancia, por su valor, por su raza, por su sangre, por cómo ruge y arde, por su entrega absoluta y, ¡cómo no!, por su carácter auténtico.
Creo que no hace falta decir más. La foto de Joaquín Cortés resume muy bien lo que aquí abajo digo.

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