domingo, 13 de abril de 2008

Reunir un trocito de marenostrum


Hace unos días también colgaba una foto de uno de esos rincones del mundo en los que no puedes menos que sentir a puñados lo que queda de paz en este mundo.
El azul intenso del cielo puede herirte si eres consciente de la escasez de agua. Pero incluso en estos momentos de extrema sensibilidad hidrófila surgen las contradicciones entre la mente y el espíritu.
Leer, conversar o abandonarte en estos espacios te lleva a la conclusión sincera y convincente de que a Dios se le olvidaron algunos lugares que llevarse al paraíso. Quizá sea que la Providencia es, en verdad, generosa o que, por el contrario, ya sabía que no iba a poder estar en todas partes, por lo que el olvido puede que fuera intencionado, casi por compasión.
La verdad es que me da absolutamente igual porque sentado en la arena he hundido mis manos en la tierra húmeda de esta playa. Bajo la arena he sentido cómo buenas proporciones de sangre se me inyectaban en las venas e inmediatamente me he acordado del espisodio titulado "Tierra" en la autobiografía Antes que anochezca de Reinaldo Arenas (en "El País" venía hoy la película). Como Reinaldo en su infancia me hubiera gustado comerme la tierra y fundirme en su cuerpo casi llegando a tener una experiencia sexual con ella, como quien quiere ser capaz de fecundarla y convertirse en responsable de brotes nuevos de esa extraña creación.
En medio de tanta imaginación un pulso añejo ha entrado dentro de mi cuerpo uniéndose a mi latir. Venía desde dentro del mar hacia mí y por las entrañas de la playa. Los cinco sentidos conectados y muy atentos. El aroma del mar en cruzada de vientos festivos y yo en mitad de una experiencia sensorial que pocas palabras son capaces de soportar en una sola carga de significado y a un mismo golpe.
La experiencia ha vuelto a ser extraordinaria. Pero todo no podía ser mezcla de inocente alegría, pues hoy he sabido que terrenos naturales de los aledaños han sido vendidos y pasarán a ser de un particular que debe estar podrido de pasta.
Lo que será de esta pequeña porción de paraíso de aquí a un tiempo nadie lo sabe, pero lo verdaderamente alarmante es que pocos espacios nos quedarán para disfrutar sin estar pisando por todas partes lo negro que tiene el asfalto.
Vuelvo a sentir la decepción muy cerca.



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