
-Me duermo.
No me espera nadie.
Sobre los ángeles, Rafael Alberti
En un metro cualquiera de una ciudad que es todas las ciudades, dejo caer la losa de todos los instantes que conforman el día.
En pocos minutos dejaré atrás el bullicio, los cuerpos agolpados en un vagón, el sorteo del tráfico en pasos de peatones, los huellas que bordean las esquinas a la velocidad de las arterias envenenadas por la prisa, los relojes que mortifican nuestro tiempo, las miradas que nos acechan y el sollozo de esta víctima apoyada en la barra del comboy que padece los últimos coletazos de un amor mal entendido.
Las miradas perdidas abundan en esta tierra yerma azotada de asfalto y esterilidades varias. Aquí abajo, bajo la tierra destituida de su personalidad, los cuerpos se dejan caer en las horas bajas de una jornada huérfana de sabores. Cuerpos maltratados que depositan todo su cansancio y hastío en andenes, acechados por el anhelo de las cosas sencillas que les quedan por hacer. Más allá de las facturas, más allá de la hipoteca, del mal de siglo y del terror de estos tiempos anodinos, una bocanada de aire fresco por llegar que sólo los dioses saben cuánto, cuándo... ¿Para cuándo las caricias?
Una voz irrumpe autómata anunciando la próxima parada. En este cruce de andenes tajados de raíles, voy depositando las imágenes y momentos que conforman un día que puede ser cualquier día. Imágenes escurridizas, difusas, tambaleantes, intempestivas, sufragadas por el ruido y la distorsión que grita esta caída del paraíso.
Acumulándolas las imágenes... Enseguida me cercioro de este afán por coleccionar días que no desgranan nuestros sentidos de pertenencia (lo que nos es propio). Días que no nos pertenecen, que nada tienen que decirnos salvo dejarnos sólos ante este vértigo, este vacío, esta soledad descarada y siniestra que nos hace venir a menos. Sé que algo o alguien se burla de nosotros, que, día tras día, nos arrastra vilmente hacia el vacío.
Me engaña el gemido esperanzador que emitió la máquina al sacar el billete de vuelta a casa en el que vuelco consecuciones infinitas del verbo esperar. En casa algo nuevo debe recibirme. Quizá una carta, un correo, un mensaje en el buzón de voz o una cena de bienvenida cuando vuelves, cuando ya estás de vuelta de todo.
Introduzco la llave en el paño. Detrás, la negruna de la oscuridad en casa hacia el vacío y este abrazo que me invento en virtud del amor propio.
Descorcho el Rioja que tanto esperó célebres instantes. Destilo los días en sus metales rojizos antes de conciliar el sueño.
Es tarde y mañana nace un nuevo día.




