viernes, 5 de octubre de 2007

"Bowling"

Ayer volví a experimentar la ingrata sensación de verme arrastrado a uno de esos lugares que nada o poco tienen que ver conmigo. Después de una cena en la que todos coincidimos en categorizar como mediocre (dos pizzas estaban más secas que la mojama), nos arrojamos a la calle para suministrarnos nuestra pequeña dosis de nicotina, puesto que en el restaurante estaba prohibido.
Ya en la calle debíamos tomar decisiones. ¿Cuál sería nuestro inmediato destino? A juzgar por el título de este post, el factor sorpresa ya no tiene cabida y sí, nos abalanzamos a la nueva bolera de este pueblo tan singular. Dos veces he pisado antros de este tipo y prometo no volver a hacerlo nunca máis. El lugar era una especie de..., ¿cómo deciros? nave espacial frecuentada casi en su totalidad por sus respectivos habitantes, es decir, extraterrestres a los que muchas veces no logro tomarles la medida. Raza engendrada allá por mi prematura adolescencia y que todavía se resisten a desaparecer, catorce años después, ya sea porque les gusta el look o por falta de originalidad. Me estoy refiriendo a los jovencitos seres que se pasean con su arrogancia desatinada a bordo de sus coches tuneados y con los decibelios poniendo a prueba toda la capacidad de resistencia y tolerancia que tienen nuestros tímpanos. No creo que sea necesario ofrecer más pistas de esta subespecie que todos hemos sufrido alguna vez.
Ante tal panorama y muy concienciados, tres de cinco nos armamos de paciencia y nos sentamos frente a la pista de bolos. Cerveza en mano, me dediqué a analizar el comportamiento de algunos de los allí presentes sin conseguir poner nada en claro. ¿Por qué llevan esos sellos de oro? ¿Es que nadie les ha educado de acuerdo con el valor que tiene el criterio estético? ¿Por qué gritan tanto al compás de strike? ¿Qué les lleva a "chocar los cinco" después de este? ¿Acaso sienten en su ánimo todo lo que de yankee tiene una bolera? ¿Y ese de allí por qué lleva el chandal por debajo del culo? Si fueran tejanos... -Por cierto chicos, son más de las once de la noche, estos adolescentes de aquí que a duras penas rebasan los dieciséis, ¿no deberían estar ya en sus casas? Mañana tienen clase...-
En fin... A nuestra derecha, un grupo de compañeros de trabajo formado en su totalidad por hombres de mediana edad, no estaban muy lejos del comportamiento de estos. Los gestos y las palabras se asemejaban bastante, aunque los de estos últimos eran como más estudiados, con más gravedad. Me pregunto si sus respectivas mujeres son conscientes del comportamiento primitivo que pueden llegar a adoptar sus cónyuges en una bolera y acompañados de cinco o seis compañeros más. No voy a hacer mención de lo que de ridículo tenía esta última estampa porque tampoco creo que sea necesario. Respeto y coincido con la idea de que debe haber de todo para todos y que cada uno debe divertirse como quiera y como sepa. Lo que no entiendo es que se pueda llevar la conducta a ciertos terrenos poco o nada ejemplares.
Acabadas las partidas en las que no participé más que como espectador resignado, llegó el esperado momento de abandonar la nave y dejar de formar parte de la tripulación. Los dos que jugaron devolvieron esos horribles zapatos en plan clown que obligan a colocarte para pisar pista. Mi sorpresa fue cuando al deslizar la vista por detrás del mostrador me topé con los horarios de tan educativo lugar. Parte de la franja horaria puede convocar a los extraterrestres en horario lectivo, fomentando así, el absentismo escolar. No sé qué opinarán al respecto nuestros mandamases locales. Ni siquiera tengo la certeza de que puedan hacer algo al respecto. Junto a la bolera están el bullicio atractivo de los bares, las plazas conquistadas, los tradicionales descampados... Lugares todos ellos concurridos por estudiantes que se convierten en fugitivos de las aulas a la mínima que les visita la pereza. Y es que hay debilidades a las que nunca se puede renunciar. No voy a caer en el error de hacer apología contra la fragilidad de los jóvenes. Por suerte, no todos compartimos las mismas aficiones ni aspiramos a lo mismo.

4 comentarios:

Lourdes Domenech dijo...

Existe una nueva raza, los adultescentes. Estos no tienen disculpa alguna.

Has hecho un retrato sociológico "larriano" bastante exacto.

Anónimo dijo...

Fantàstic, una descripció del tot encertada que comparteixo!

Anónimo dijo...

FA MOLTS DE DIES QUE JA T'HO HAURIA D'HAVER DIT, MOLTES FELICITATS PER AQUEST ESPAI. FANTÀSTICA MANERA DE PODER GAUDIR DELS TEUS ESCRITS. AIXÒ PROMET...

Anónimo dijo...

Justamente ayer algunos de mis detractores pegaron el grito en el cielo. Determinadas cosas que dije no gustaron. Me lo estaba pasando realmente bien como tantas otras noches. El revuelo fue inmediato, hobo incluso quien quiso lincharme. Pensaron que me reía de ellos, y me fui por mis propios medios a reírme a otro lugar. Caminé un par de calles hasta encontrar un bar más cercano. Acunando la certeza de que ser feliz genera enemistades. Pedí una mediana fía y comencé una conversación, que podía haber durado, horas con la frase: la vida es una puta mierda. Lo que me valió una cerveza gratis y un montón de amigos para dialogar de por vida.