jueves, 18 de octubre de 2007

Aprendiz





Suena música clásica en señal de inicio de las clases. El trajín de la sala de profesores se incrementa, aunque pronto quedará vacía. Alguien me facilitó información relevante hace un par de minutos acerca del grupo de discentes al que me toca persuadir. No recuerdo exactamente cómo iba, pero venía a decir algo así como que no bajara la guardia ni un solo minuto. Tengo que decir que, después de la última experiencia, eso NO me tranquiliza.

Sé que todos mis esfuerzos deben concentrarse en ahuyentar a los fantasmas y en echar mano de una extraña habilidad oratoria lo suficientemente convincente como para no aburrir al personal, ganarme su atención y caer en gracia.

La clase que programó mi sustituida días antes para esta sesión tampoco me ayuda demasiado. Y es que, gramática, a primera hora de la tarde, es lo que menos apetece a los que reciben los primeros latigazos hormonales.

Muy concienzudamente, recojo las carpetas y el libro de texto. Antes de dirigirme pasillo arriba, me sorprendo santiguándome mentalmente, aunque hace ya mucho tiempo que dejé de creer en Dios. Mis pasos aceleran la marcha. El aula 37 está a la vuelta de la esquina, ocupada casi en su totalidad por la algarabía preadolescente. Entro con decisión y cierro la puerta tras mis pasos. Un incómodo silencio acompañado de todas las miradas clavadas en mi cara me obliga a romper con un saludo a los presentes. Algunos me sonríen, otros se sientan indiferentes, un par de ellos continúan con su charla sin dar muestras de importarles mi presencia allí y tres o cuatro me interrogan acerca de cómo me llamo.

Tras mi presentación, los alumnos, uno a uno y por orden, me dicen sus nombres. Cuando acaba la primera fila de la derecha, me doy cuenta de que sus ojos me hablan más que ellos y que, por encima de todo, necesitan que alguien les escuche con el cuerpo entero. Para sorpresa mía y cuando acaba la ronda, se origina un diálogo espontáneo que nos inunda a todos de curiosidad. Lo sé porque me cercioro rápidamente de lo volcados que están en sus intervenciones. Quizá todo esto está sucediendo porque nos vemos aprendiendo de lo que somos, de lo que nos interesa, de lo que nos concierne... Ocuparnos de nosotros y desear compartirlo con los demás, nos ayuda a dar forma y poner nombre a nuestros pensamientos y eso, cuando puedes experimentarlo en directo, es la mejor forma de aprender.

Por supuesto, la clase de gramática no queda relegada al olvido, pues no soy ningún manta. La verborrea de la que todos hacemos gala en la primera parte, creo que ha sido la mayor manifestación de creación lingüística que he presenciado en mi corta vida como docente (los alumnos son más inteligentes de lo que nos pensamos). Eso sí, los grados del adjetivo vienen después con más o menos pasión.

Al finalizar la clase, todos nos despedimos. Creo que ha habido conexión. Incluso alguno me ha manifestado abiertamente sus deseos porque me quede hasta final de curso con ellos. No sé qué responder ante tanta espontaneidad. Decido que lo dejo en una sonrisa de agradecimiento y me despido hasta el próximo día.

Ya en el pasillo, y después de una clase en la que se me han movido tantas cosas por la cabeza y el corazón, me pregunto: ¿Quién está enseñando a quién?

7 comentarios:

quim dijo...

Después de leer tú experiencia escolar, en la que la línea de enseñar y aprender se unen la mayoría de veces, recurro a mi disco duro y me lleva a Kirishnamurti uno de los grandes pensadores del siglo pasado.
“ Sólo cuando lo conocido se comprende, se disuelve y se desecha, puede surgir lo desconocido,.Y eso es difícil en extremo, porque no bien tenéis una vivencia de algo, la mente la traduce en términos de lo conocido y la reduce al pasado. No sé si habéis notado que cada vivencia es traducida de inmediato a lo conocido; recibe un nombre, se la clasifica y se la registra. Así, pues el saber es la actividad de lo desconocido. Y es obvio que tal saber, tal erudición, es un obstáculo.

David dijo...

No sé si es que estoy muy cansado, espeso o qué, pero este comentario me ha costado dos lecturas (siempre gratas, claro). Tampoco sé de qué forma clasificar y poner un nombre a tal reflexión que creo, acertada, aunque pueda discrepar en algo con el tal Kirishnamurti. ¿Podría simplificarlo en reivindicación de un saber panteísta?,¿fuera del nominalismo? Perdón por el atrevimiento, pero es que yo también tengo tendencia a los obstáculos de lo que se desconoce.

Anónimo dijo...

Que suerte esos alumnos de tenerte entre sus profesores, aunque sea temporalmente, a veces dicen que lo bueno si breve dos veces bueno.
Te imagino dando la clase y entregándote al máximo pero disfrutando de cada palabra de cada pausa, terminando exhausto pero con la satisfacción del trabajo bien hecho.
" Capitán, mi capitán " recuerdas el club de los poetas muertos?
Seguro que tus clases no les dejaran indiferentes.
Por cierto anonimo debe considerar un halago el hecho que lo hayas ( supuestamente ) descubierto?

quim dijo...

En realidad yo no lo clasificaría de panteísta ya que Kirishnamurti profundiza mas en el comportamientos humano que en lo religioso , diría que es mas realista que nominalista.
Entiendo que nos habla de que el saber nos obstaculiza el conocimiento, si no somos capaces de dejar a un lado el conocimiento y abrir nuestras mentes a nuevas cosas, terminamos actuando a través de unas normas establecidas.
En tu caso esta tarde en tu aula, se a establecido una conexión entre profesor y alumno, se ha creado un conocimiento entre las dos partes, las mentes estaban abiertas para recibir una nueva información, el saber se había quedado en algún lugar, mientras la mente estaba perceptiva.

David dijo...

Anónimo, siento decirte que no he visto "El club de los poetas muertos". No te cuento la de veces que me la han recomendado, así que habrá que verla...
No sé si es un halago o no que haya acertado (si es así), pero de serlo, te aseguro que podemos decir más cosas uno del otro de lo que nos pensamos.
Quim, con panteísta no me refiero con rigor a su significado. Fíjate que utilizo "saber panteísta" no como conocimiento de la presencia de dios en todo, sino como saber holístico o totalitario. Tampoco digo que la reflexión de este señor de un nombre imposible tenga que ver con el nominalismo. Más bien digo todo lo contrario. De todas formas, no me hagas caso. Ya dije que estaba muy cansado.

Anónimo dijo...

creure i estimar allò que fas... Fantàstic! i tant que els alumnes tenen moltes coses per ensenyar-los, el problema és que moltes vegades no els deixem expressar.

Anónimo dijo...

Hoy pensaba "contigo" (es una broma) y cuando iba a telefonearte para ver si ya te habían colocado, he recordado tu blog y aquí estoy. He hecho un barrido inverso hasta llegar a la respuesta a mi pregunta y me alegra ver que sí y que todo está bien.
Espero que tengas activado el correo para comentarios o este será un monólogo tonto.
Veo que no eres de posts breves -te lo digo en lítotes, como Cervantes- . Yo tampoco (cuando tenía blog).
A ver cuando tenemos un ratito para hablar, aunque intuyo que ambos estamos muy muy ocupados.
Un beso, suerte y, al toro.
Ana Romeo