martes, 1 de enero de 2008

Como la seda

Empieza el año con una suma de actos que tienen que venir de la mano de sus correspondientes consecuencias. No quiero unirme a la maldición absurda de los nuevos propósitos por cumplir, que por lo general quedan desvalidos con los azotes del primer mes del año, pero ahí están los cambios que van a empezar a forjar la solidez del camino y la firmeza de mis pasos, pues este año debe ser de consolidación.
Lejos de la prisión de resacas insoportables, he disfrutado del placer que produce el silencio y la quietud de un día casi fantasmagórico. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que con un buen libro entre las manos? Pues la verdad es que ayer el destino me trajo un regalo que guardaré a buen recaudo, ya que se trata de una pequeña joia literaria que me he pulido en apenas unas horas de lectura. Su autor, Alessandro Baricco, y su título, Seda, una pieza tan exquisita como conmovedora, tan inusual como sorprendente, tan cautivadora como extraña...


Seda es un auténtico universo literario con todas sus complejidades y que se concibe de manera magistral en el que la "seda" resulta ser una auténtica alegoría de algo unido intrínsecamente al ser humano y que sabe a levedad, a silencio, a inefabilidad, a música, a tiempo, a misterio... Seda es esa clase de historias en las que se establece (entre ella y el lector) una especie de seducción que te embelesa, al tiempo que te invita a viajar por un mundo tan onírico como real.


Una historia, sin duda, cargada de un camino ascético en la que los misterios que van unidos al amor afloran con todas sus incógnitas y sufrimientos.


Una frase memorable de la obra con la que me quedo:


Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.

Os la recomiendo a tod@s locamente. Un buen regalo de reyes. Un placer inexplicable deslizarse por sus páginas. Una aventura. Un sueño. Una revelación.

Sí, ¡ya!, soy un entusiasta de mierda, pero ya me contaréis si la leéis...

viernes, 28 de diciembre de 2007

Show must go on

Llega el fin de año zumbándonos los oídos y suenan nuestras cabezas como latas vacías (campanas, que dirían algunos). La vecina del quinto sube las escaleras relatando por la subida abusiva de los precios, por lo mucho que llenaba el cesto de la compra antes de la llegada del euro y por lo desolada que la trae años más tarde. Un brío de esperanza alberga en el fondo de sus ojos al asegurar que este año ha conseguido reunir a toda su familia, y eso le tranquiliza. Su hijo, volcado de lleno en la adolescencia, habla compulsivamente por el móvil desde el ventanuco que da al patio interior en busca de un rincón más privado. Llamada tras llamada parece urdir un plan de fuego para quemar por todo lo alto la última (o primera) noche del año. Entre insultos y griteríos como forma habitual de tratamiento de cortesía para con sus homólogos parece que su plan convence.
Suena el teléfono. Al otro lado de la nada irrumpe la voz de mi amigo César como por arte de magia. Se acaba de iluminar. Su casera se marcha a la otra punta del mundo para despedirse del año y en su apartamento tiene que acontecer de todo para que no se diga que no hemos acabado el 2007 como reza el rictus de una fecha tan ansiosamente esperada como irracional . Me sonrío al comprobar cómo se va creciendo disparatadamente mientras imagina múltiples soluciones. Me divierte verle tan entregado a idearlo todo, pues digamos que el viento no ha soplado a su favor en estos últimos meses. Me resuelvo en prometerle que voy ayudarle en los preparativos, no sin arrepentirme inmediatamente al acabar de pronunciar mi promesa.


Parece como si todo este zumbido tuviera los efectos de una onda expansiva apabullante. Me veo a mí y al resto de la humanidad reuniendo fuerzas en lo que más se parece a una carrera febril hacia no se sabe dónde. Los fines de año parecen ser el triunfo de la vida sobre la muerte. Los abordamos en un intento enloquecido de que la melodía no deje de sonar. Nos da una cierta sensación de alivio pensar que en esos momentos se halla la felicidad y cada cual inventa la forma de llegar a ella del modo más especial posible. Creemos que existen las inflexiones a escala mundial en el calendario y ponemos la fe en este tipo de giros temporales colectivos en el que un año se convierte en viejo y otro viene a la vida cargado de esperanzas y buenas nuevas. Pero lo cierto es que todos sabemos que no pasa nada, que no existe tal cambio, que el tiempo no se transforma en algo más de lo que es y lo que ha sido. Es decir, en nada. Y entonces viene cuando mi nota mental sufre un grave atropello y abandona su discurso huérfana de entendimiento. Ahora me doy cuenta de que quizás el sentido de todo esto no trascienda más allá de la pura ociosidad. Somos seres ociosos por naturaleza y me uno al carro de los eclipsados por el jolgorio. Celebraremos el fin de año con más o menos pasión, pero a lo que sí me niego es a despedir el 2007, un año difícil donde los haya, pero lleno de grandes cambios y experiencias que me han traído hasta sus confines absolutamente renovado y feliz. Viajarán para siempre conmigo esas cuatro cifras con todo lo que han significado y todo lo que son. Por eso, a las doce menos un minuto del día 31, con las uvas con las que me atragantaré en una mano y con copa de cava en la otra, le daré la bienvenida a la historia de mi vida a la combinación de esas cuatro cifras y cuando el sonido de las campanadas se ahogue en la lejanía, rezaré para mis adentros: ¡Feliz 2007!


lunes, 24 de diciembre de 2007

Cuento de Navidad

El metro está atestado de viajeros. Podría esperarme al próximo, pero el tiempo viaja veloz y llego tarde al trabajo. Desde el andén descubro mi reflejo traslúcido en el cristal de las puertas que ahora se abren y me horrorizo ante mi aspecto decrépito. Me asusta verme así, pero después de una noche de huída de todo, este es el peaje que me toca pagar. Y para más inri, ahora sufro de una alitosis imposible sufragada por las cantidades indigestas de alcohol que ayer me subministré desde que el hastío a la salida del trabajo me llevara a bajar al centro a la caza de deshinibiciones. Me pregunto de qué estaré huyendo.
Dios mío, ¡estoy hecha un harapo! Parece que las miradas inquisidoras me buscan en medio de un gesto de desaprobación. En todo esto me observo con torpe disimulo y doy gracias a mis ropas que me ayudan a recuperar la memoria repleta de lagunas impertinentes. Me doy cuenta de que anoche frecuenté las barras de muchos antros hasta caer de bruces al suelo en el último de ellos. De repente me vi en aquel suelo pringoso y lleno de colillas que sin duda dejó su imprenta en mis tejanos, ¡qué vergüenza!
- ¿Estás bien?-. Un antebrazo desnudo entró dentro de mi campo visual mientras intentaba recomponer los últimos segundos antes de la bochornosa caída. -Te has mareado-, sentí que me decía aquella voz que me retrotraía a mi espiral de distorsión. Al instante y de un tirón aquel brazo me puso derecha. -Llevo media noche observándote. Reías, refunfuñabas, escupías no sé cuántas maldiciones a regañadientes y has acabado entre sollozos antes de pegarte una hostia sideral contra el suelo. Algo va mal, ¿verdad?-. Quise contestar a la interrogativa pero mi interlocutor dio un viraje súbito hacia otros derroteros paralizando mi respuesta y sellándome los labios para el resto de la noche. Lo cierto es que aquel treintañero robusto de rasgos graves y marcados hizo alarde de su torrencial capacidad oratoria, que me dejó embelesada y que acabó por anestesiarme del todo. Recuerdo que su perspicaz verborrea trepaba de un tema a otro sin piedad hasta que finalmente aquellos labios me sonrieron mientras me sugerían acompañar a su dueño hasta un apartamento de la zona en el que éste vivía de forma provisional con la excusa de enseñarme no sé qué.
Cierto fue que nuestro lugar de destino estaba próximo, a escasos metros del bar que cerramos él y yo más otros tres cuerpos trasnochados y derrotados también por la inmundicia del alcohol. Cruzamos rápidamente el vestíbulo del inmueble. El ascensor abierto parecía habernos estado esperando. Ya en aquel punto de la noche yo ya hacía un buen rato que estaba húmeda pensando en toda aquella armadura muscular a la que seguía atónita.
Su piel estaba bañada de un moreno cobrizo de espanto que acentuaba aún más mis deseos libidinosos. Inmediatamente, tras cerrarse las puertas y sin casi tiempo a asimilar lo que estaba claro que iba a pasar, tenía ante mí a un fiero depredador sexual cuyo paquete palpitaba estrepitosamente y amenazaba con explotar allí mismo. Se abalanzó sobre mí sin más preámbulos y toda la fuerza de su verborrea se transformó en un ataque de lujuria desmesurada que a mí me facilitaba mucho las cosas, pues acabé por desatar mis embravecidos deseos y el alcohol, aunque mal consejero, al final me ayudó en algo. Como poco me permitió interpretar con facilidad toda la pulsión y el ardor de mi sexo.




Allí mismo follamos la primera vez sin esperar a entrar en el apartamento. Allí mismo le arranqué la camisa haciendo saltar los botones mientras nos metíamos la lengua hasta el esófago. Él, más cauto, pero sin menos descaro, me desembuchó de la camisa para hundir su cabeza en mi escote. Además de dotes comunicativas, aquel desconocido resultó tener un aunténtico dominio en la estimulación de las mamas, pues hizo rodar su lengua por mis tetas pasando sobre mis pezones en el momento exacto para que yo gimiera, sumisa y embriagada de placer, mientras el ascensor subía y bajaba por aquel hueco en el que minutos antes transitaba con hastío.
Recuerdo que di la bendición a todos los huecos que se topaban con mi vida. Los instantes más interesantes suelen tener lugar en los huecos. En los huecos haces un descanso y puedes mirar el mundo con denuedo, en los huecos puedes pensarte y acercarte a tus misterios, en los huecos te escapas al mundo, te escondes, te regaliman fructíferos los pensamientos y, en los huecos, también te puedes encontrar con un compañero de viaje, muy dado como tú a pasárselo bien mientras se porta muy mal.
Al mismo tiempo en que pensaba entodo esto me fui perdiendo por aquellos abdominales magistralmente trabajados y ahora envueltos en sudor. Me deslicé por aquel sendero ayudándome con mi lengua que a su paso hacía erizar los pelos, mientras yo me acercaba sigilosamente al bulto. Le desabroché el cinturón con los dientes mientras palpaba con mi mano derecha el volumen de aquel misterio. En cuestión de segundos me encontré con un descomunal miembro al que no tardé en complacer con mi boca. Lamía aquella polla como si se me fuera la vida en ello. Luego, y a horcajadas, aquella masa de músculos me sentó sobre sus ingles y cuando me quise dar cuenta mi sexo ya estaba succionando con fuerza aquel miembro descarrilado. No recuerdo el número de veces que lo hicimos. Cabalgamos largo tendido en aquel cubículo de escasos metros. Nos empotrábamos en las paredes mientras nuestras carnes rompían desorbitadas de placer a la par que el ascensor se esforzaba por entrar en mimetismo con nosotros, pues subía y bajaba hábilmente sin cesar por su recorrido habitual.
Una vez agotada la escena del ascensor, pasamos a estancias más privadas en el apartamento de aquel chico. Lo hicimos por todas partes hasta caer rendidos en el destartalado sofá-cama. No recuerdo cómo ni cuándo nos quedamos dormidos, pero esta mañana cuando me he levantado azotada por el dolor de cabeza y la ofensiva mezcla de olor a alcohol, sudor y tabaco mi cabeza retumbaba dificultando que pudiera recordar algo de la noche anterior. De buena gana me hubiera dado una ducha, pero no quería despertar al que al fin y al cabo había sido un desconocido para mí. Con desdén he recogido mis cosas, me he vestido apresuradamente y maldiciéndome me he arrojado a la calle con la hora pisándome los talones.







Mientras he tomado un atajo por las laberínticas calles del centro se me ha ocurrido que mi vida es un continuo atropello muy similar al tortuoso trazado urbanístico que intentaba atravesar. Calles estrechas donde apenas llega la luz del día se retorcían entre encrucijadas burlándose de mi torpe orientación. Eran las 13:30, sufría una jaqueca desproporcionada y me estaban persiguiendo los flashes insistentes de las imágenes de anoche. Al llegar a la avenida de los grandes bulevares los escapartes relampageaban hipnotizando a los transeúntes. Cómplices del misterio, muchos eran los abducidos hacia sus interiores y la calle era un desfile de bolsas estampadas con los logos más podridos de globalización. Teniendo en cuenta mis fachas, era obvio que hubiera sentido tristeza por mi aspecto en medio de aquel espectáculo sonoro. Ahora, en pleno trayecto hacia mi parada, me doy cuenta de que los fantasmas vuelven a visitarme deportándome a la desidia. La peor imagen del día sin duda ha sido la de mi reflejo en el cristal. Me he visto al desnudo entre destellos que recogían una exhaustiva radiografía de mi geografía exterior e interior. De los resultados obtenidos, mejor ni hablemos y como todavía quedan varias paradas, me decido a iniciar mi habitual juego de inventar vidas ajenas. Observo a los ocupantes de mi vagón con detenimiento, intentando escudriñar datos biográficos que viven sólo en mi imaginación. Puede parecer un juego absurdo, pero la cuestión es que me divierte. Al mismo tiempo que juego, les voy preguntando contínuamente a sus ojos si se han salvado, si a ellos también les cuesta tanto encontrar un lugar en el mundo, si lo darían todo porque tuviéramos un mundo mejor o si, por el contrario, podrían abandonarse haciendo que fuera aún peor.

Más tarde juego a representarme mentalmente el recorte de la morfología perfecta de todos esos corazones que albergan sus pechos y sonrío al pensar que éstos podrían estar moviéndose pen un mismo latido. Quiero pensar que así es, que todos viajan al unísono y trazando una misma carrera humana. Quiero pensarlo. Quiero sentirlo en el mío también, en mi corazón. Sentir la rabia de esa alegría...

Cierro los ojos. No quiero soñarlo más. Quiero que retoñe en el adentro ese pulso.

Lo pulso.

Lo siento...











sábado, 22 de diciembre de 2007

Tregua


Aparezco por los bordes de la nada dubitativo y con ademán de nostalgia. Sigo siendo demasiado joven y visceral como para evitar adelantarme a los acontecimientos. Precipitar las cosas te lleva a ser temerario y eso es lo que soy.
Acto seguido me abalanzo sobre los comentarios de ¿mi último post? y me complacen mensajes trabados al calor de vuestras discrepancias sobre el abandono de mis publicaciones aquí. Dioscórides, "fuebonitomientrasduró", el anónimo de Manresa y (de viva voz) Quim y Santi me alentáis a continuar y ello me pone en la pista de que quizás mi decisión no fue del todo meditada. Podríais pensar que todo esto no ha sido más que un arrebato de pasión desmesurada y llena de ego en la que yo mismo he reclamado atención para provocar mensajes de este tipo, pero lo cierto es que el ritmo desenfrenado de trabajo de estas últimas semanas han consumido parte de la lucidez que pueda llegar a tener. El agobio in crescendo al que me he visto expuesto y la pérdida de control sobre mis obligaciones profesionales y sociales no me han dejado ver las cosas con cierta clarividencia.



Soy de los que piensan que para ser blogger debes cuidar el espacio y publicar a menudo, porque para algo decides abrir un blog (para compremeterte con él de todas todas). No es que quiera justificarme (=quiero justificarme), pero para eso hace falta tiempo y dedicación, y últimamente me ha sido imposible compaginarlo todo. Ya llevaba más de dos semanas sin publicar y eso significaba que "Todo al borde de la nada" estaba agonizando y pereciendo de forma irracional y prematura.
Ahora me doy cuenta de tanto... Mi precipitado balance de todo este tiempo por aquí presenta mucho margen de error como para no desestimarlo, pues me doy cuenta de que tengo un respeto y un compromiso para con todos los que pasáis o habéis pasado por aquí, y que también hace falta darnos tregua de vez en cuando. Así que, compañeros de trinchera, seguiré en "Todo al borde de la nada" por muchas razones de peso. En primer lugar, porque escribo casi a diario y ¡qué más me da publicarlo o no!, pues ya que escribo, publico (y si sólo lo lee una persona, me puedo dar ya por satisfecho). En segundo lugar, porque un análisis pormenorizado de estos 49 posts publicados a lo largo de tres meses me lleva a la dichosa conclusión de constatar que existen múltiples maneras de comunicarse y compartir y que debemos explotarlas, porque no somos más que en comunión (de este término deriva "comunicar") con el otro. Y por último, porque creo que escribir aquí también es una forma rápida y "sencilla" de preguntar y contestar a la vida.
Calmado y haciendo uso de la perseverancia (la clave de todo éxito), vuelvo a casa por navidad y os dejo con esto:








Un poco kitsch , pero estimulante para la época porque: ¿qué hubiera sido de la España casposa sin su pequeña aportación a nuestra modernidad?

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Punto y aparte

Se cuela en estos días la escarcha por nuestra cintura. El frío arremete con fuerza, y bajo las piernas dos prótesis como dos bloques de hielo que quieren ser nuestros pies.
Después de casi dos semanas sin aparecer por la blogosfera me encuentro que este no mundo hecho de píxeles amontonados me sabe a niebla. Suavemente y como un soplo de palabras susurradas en medio del silencio, intuyo que mi blog se muere de forma prematura.
He hecho cuentas y, lejos de entristecerme, no sé qué hacer con la alegría de haberme sabido bien en él. Con trozos de espejo voy recomponiendo esta pequeña dimensión de realidad virtual en la que se pierden tantas cosas (aunque sí es cierto que nunca se pierde si no es para ganar). Probé por el borde de la nada, aunque lejos ha quedado el todo de este borde. Esto es así porque ello me supondría toda una eternidad a la que no estoy dispuesto a abandonarme. Los teclados y las pantallas acaban por despistarme del mundo, así que me reúno en la premisa de que todo lo que empieza se acaba.
Punto y seguido
Al fin y al cabo creo que he sido honesto. El tema de los blogs (en mi caso) se ha agotado rápido. Quizás lo haya hecho al ritmo de los tiempos que nos ha tocado vivir, tan extraordinarios por cierto, como cierto también es que, aunque extraordinarios, son también tiempos demasiado acelerados, abusadores (y mucho) de lo efímero. Las palabras no, las palabras están hechas de otra cosa (ser idealista está muy bien para sobrevivir). Ellas (las palabras)viajan a su ritmo, un ritmo lento y, como que también intuyo que con ellas me va a tocar sangrarlo todo, con ellas seguiré andando mientras bebo de la cantinela de aquel verso machadiano, pues ellas me matan y me ponen la fe en el camino haciéndome exaltar el ánimo.
A todos desearos unas pocas palabras que suenan a hueco en estos días, pero bienintencionadas (pues estas las cargo yo con mucho amor): todos vuestros mejores deseos que se vengan sobre vosotros, no sólo en el año que está por entrar, sino en todos los que a este 2008 le siguen.
Yo sólo pido que durante el próximo año pueda aprender y vivir una cuarta parte de lo que he aprendido y vivido este año y que deje de una vez de llover sobre mojado.
A propósito de lluvia, retomo aquí una canción que apareció unas navidades lejanas (creo que de las primeras en las que yo ya tenía uso de razón). De ella no me he podido desprender, así que la traigo hasta aquí.



lunes, 3 de diciembre de 2007

Nuestro gozo no cabe en un pozo...

ball de lletres


sessions de paraules sobre l'escriptura

Ya está todo encaminándose. "Ball de lletres" es el nombre de nuestra misión y es también un proyecto y su continente. Su contenido (las sesiones de baile) es todo lo que tiene que ver con la palabra conectada al mundo. La FAP (Fundación Àngel Planells) es la institución cultural que nos acoge y cree en nosotros y, el proyecto en sí, que versa sobre palabras en la escritura, es una pequeña ambición que queremos hacerla posible por amor al arte.

Los bailarines de letras somos Santiago Gorgas, Rubén López y yo mismo (pues somos bailarines de letras sí, ¿qué pasa?). ¿Y cómo es eso? Pues es que bailamos con ellas (las letras) muy a gusto y en ellas vivimos y con ellas caminamos bailando, pues como ya dije en otra ocasión, bailar es la mejor forma de caminar y nunca mejor de cualquier otro modo. Si a tí también te va el bailoteo, ya puedes venirte si quieres... Lo que aquí falta dejar claro cla-rí-si-mo es que, caminar bailando o bailar caminando, no podríamos hacerlo sin nuestro máximo referente, artista como todas las copas de todos los pinos juntos, maestro de ceremonias e incondicional colaborador de lujo en todo este sarao que estamos armando. Él es................. Serrano pa' nuestro querer y alegría, y a él nos encomendamos por gracia y obra divina.

Flotando alrededor de toda esta atmósfera es de obligación mencionar a los que restan, a los que de manera indirecta nos han apoyado en una distancia cercana, pues ellos son los que más han sufrido nuestras ausencias y nuestros hoynopuedotengoreunión, ¡y cómo de verdad, al final de los finales, siguen estando ahí! Ya podéis daros todos por aludidos, y entender que, el esfuerzo vale la pena.

De momento nos podemos dar con un canto en los dientes porque tenemos el gustazo de contar con una invitada de súperlujo, Mercedes Abad, escritora barcelonesa de primera fila y muchas otras cosas más que iremos viendo. Abad nos hablará de El vecino de abajo, su última novela.

Preso de mi euforia proyectil, bailarina y verborreica os paso la invitación digital en su versión blogeril (por si a algunos no os llega). Sepáis que estáis todos invitados, por supuesto:



¡Os esperamos al borde de todo esto!

domingo, 2 de diciembre de 2007

Agotados

(Próximamente en www.mistura.cat). Permaneced atentos: este número es casi un monográfico sobre la resaca (muy interesante).

De haber tenido que descender, mejor hubiera sido haberlo hecho despacio, pero no supimos hacerlo mejor, y estalló todo. Desdiciéndonos nos fuimos apagando poco a poco tras la humareda de nuestra propia perdición.
Nos alejábamos uno del otro desde hacía ya algún tiempo, y lentamente nos fuimos sintiendo deslizando, arrastrados brutalmente por la espesura de la incomprensión mutua. Lo hicimos deliberadamente como invadidos por una cruel estupidez, y ahora este corazón irreparable…
A bocajarro fueron impactos los reproches en mitad de aquella última noche. Temblamos ante la inercia de nuestro propio dolor que, por maldito en exceso, ha sido siempre inefable. Las sombras se acumularon e irremediablemente nos instalamos en aquella región poblada por palabras oscuras, palabras hirientes, palabras metralla (de esas que hacen daño), pues se abalanzaron sobre nosotros las injurias sin piedad. Los insultos envilecieron lo que fuimos ambos en aquel tiempo que tanto nos dio, y como puños que arden, saldaron las cuentas los reproches.
Hervían los agravios en aquella atmósfera indócil. De forma despiadada enmudecieron todo lo que habíamos sido en aquellos instantes en los que nos reuníamos en nuestras manos mientras todavía éramos las manos del uno y del otro. Silenciado todo aquello, nos descubrimos encanecidos tú y yo, y sin sospecharlo, en el último grito se descarnó todo el agotamiento almacenado. Todo estalló brutalmente porque no supimos.
Aquella despedida flemática y llena de odio me sigue devolviendo inexorablemente a esta soledad retorcida, mientras ahora aún te recuerdo. Rezumando siguen las palabras incendiarias, el amargo sabor de la pérdida. Y a día de hoy, en las noches en las que viene a visitarme insistentemente la nostalgia, todavía me sigue doliendo el pavor punzante de aquella despedida sin los besos de por medio, sin aquellos largos besos en los que nos tumbábamos durante todo aquel tiempo que tanto nos dio.
Ahora en medio del insomnio, un alarido, y esta resaca de la que todavía, ni tú ni yo, hemos podido deshacernos.