lunes, 4 de febrero de 2008

Humores que lloran


La gala de los premios Goya fue anoche, como todos los años, un evento señalado en nuestro desafortunado panorama cultural. Más allá de los cortes de Dior o de los engorrosos encajes tragicómicos de Ágatha Ruiz de la Prada, la alfombra encharcada por la lluvia nos trajo hasta nuestras pantallitas a queridos profesionales del 7º arte (me encanta esta fiesta y me encanta asistir a ella en buena compañía).


Las sorpresas fueron varias. Esta vez no se hizo una carga abusiva de premios a la gran preferida, "El orfanato", y hubieron estatuas goyescas para casi tod@s, incluso la hubo para mi querida Maribel Verdú, la gran olvidada por los académicos (me encantan tus ojos, Maribí).


Lo que más me gusta de estos galardones son la mágica combinatoria de palabras que en momentos de alta sensibilidad emocional emerge (no me quiero imaginar la de vibraciones que se deben vivir en estas ocasiones). Una de esas combinatorias resonará en mi cabeza por mucho tiempo. Vino de la mano de un Corbacho cansinamente estupendo: "Que el humor sirva para mitigar el dolor de una tragedia, pero no para olvidarla." De impacto brutal, ¿verdad?


Rápidamente estas palabras activaron mis circuitos neuronales y me llevaron a acordarme de la andadura del nuevo drama español cobijado, entre otros, por Buero Vallejo y su extraordinaria Historia de una escalera a la que tanto apego tengo, quizás por su intensa pasión por la verdad en todos sus puntos e íes. Historia de una escalera, una escalera símbolo del descenso y eje del drama, de nuestro propio drama.


Buero Vallejo afirmaba que el humor sólo es posible cuando en un acto de libertad los pueblos asumen en sus conciencias la tragedia, el dolor y el drama de su historia e idiosincrasia (antes no).


Pues ahí le tenemos (en boca del bufón de turno) a uno de los grandes aplastándonos genialmente la cabeza.
Y después que me acusen de someterme con obstinación y vehemencia a los clásicos...

sábado, 2 de febrero de 2008

Río abajo

Hay un niño hablándome lejos. Niño hecho de agua que juega con un barco de madera en este tránsito hacia su discurrir, y ríe. Ríe.
Niño agua, gota a gota. Niño río.
Sopla y ríe el niño, y sueña con ser capitán de ese barco de maravillas mercantiles.
Cargado de sueños en ese mismo soñar, timoneando está el niño. Llenándose, irguiéndose en su estarse llenando. Niño lecho de río que se llena como se llena la vida cuando esta se despliega a lo lejos entre juegos, experimento y ensoñación.
Desde ese sueño, el niño también habla como de muy adentro, tan adentro que casi no puede oírsele de sordo que te deja su palabra. De puro verbo en su estar vibrando. En su estar llenando.
Baila en medio de su inmensa quietud como lo vienen haciendo los mares que, a trocitos, antes fueron ríos. Baila y danza, y sopla la brisa fresca de luz que embelesa en el crepúsculo.
Más acá se desliza lentamente en su estar fluyendo. Se desprende lentamente en este viaje, en este río que germina donde minutos antes lo había estado haciendo su voz.
Ahora crepitan suavemente las ramas de su cauce y sigue desprendiéndose con sus manitas. Aquí coloca una rama que se proyectará a lo lejos. Aquí los frutos y más allá la flor.
¡Qué queréis que os diga!, a mí me parece un prodigio estar mirándole su misterio, estar escuchándole su silencio. Estar pensándole.
Miradle ahora como sigue. Aquí dispone y propone. Un poco más allá inventa y dicta, y cualquier cosa que sucediera después, fuera una brutalidad incendiaria, un vaciarse, un desbordarse de su cauce de niño río que garabateaba arbolitos de los que hacen nacer cosas llenas de verdad.
A veces, en mitad de la noche, el niño llora porque se le ha escapado, río abajo, el barco de madera. Es entonces cuando se queda largamente silencioso y ausente como lo vienen haciendo los ríos desde siempre. Luego grita y llora desde su fondo de niño río que antes reía.
Se detiene y vuelve a mirarme más acá de la distancia, aquí, en donde se envuelven las almas. Sus labios, balbuciendo palabras de agua hechas del llanto hondo. Su corazoncito nada en la zozobra y lanza un no sé qué, y envueltos en esa soledad casi humana, él me mira también desde lejos haciéndome líquido. Me lanza sus porqués sin respuesta y sigue llorando ya sin barco y sin río.
Ya sin niño.
Ahora su corazoncito es mío y solloza, y me mira gota a gota mi cuerpo largo como un interrogante que, incrédulo, patalea la vida. Me descuelgo sin desprenderme ya. Se me olvida que he sido un niño, que he sido un río y que supe bailar como lo sabe hacer el mar en su solipsismo de invierno.
Más abajo vuelvo mis ojos hacia un punto inerte, agotado de no jugar viajando con mi barco.
Cansado.
Cansado de mi no nadar
de mi no estar nadando en mi río arriba...




"Cuando nadie me ve" de Alejandro Sanz. Por supuesto, mi lectura hubiera hecho producir un vídeo clip completamente distinto. Evidentemente, sin historia de amor de por medio o al menos, no una historia de amor a secas.
Veo por primera vez el vídeo y me decepciona que sea así. Siempre entendí esta canción de otra manera, siempre la llené de millones de matices vinculados a una experiencia inequívocamente unipersonal, forjada de una dialéctica cifrada en el desdoblamiento de la voz narrativa (o cantante). Nada que ver y absolutamente en desacuerdo, pero es la canción que escucho para este texto (la única que puede estar aquí).

domingo, 27 de enero de 2008

Felicidad

No he de preguntarme
nada más,
sino unirme ya al viento
y a la paloma,
al aire de su vuelo


Corredor Matheos

Transformarnos en flujo de la espiral de la vida; ensalzarnos e instalarnos en nuestra propia fuerza de gravedad son hitos harto difícles de conseguir, pero uno, que lo tiene presente segundo a segundo, lo lleva a la práctica siempre que puede. Cuando nos encontramos en apuros, se trata casi como de un reflejo emocional, un automatismo de receta con éxito seguro al que te agarras como a un clavo ardiendo, pero llevado a la práctica, no es fácil.
Ayer mi amiga Carmen me hablaba de la felicidad, sentimiento y concepto escurridizo donde los haya. Estuvimos hablando de ello como con paso inseguro, como quien pisa a ciegas un suelo desconocido, pero que en su avanzar, puede comprenderse en todo su pálpito a la que le prestas un mínimo de atención, no sólo inteligente, sino humana.
Rápidamente me di cuenta de que podemos intuir cosas de ella (la felicidad) y como que su morada no se encuentra en los espacios físicos que ocupan las cosas, sino en el alma que en ellas reside, llegué a la conclusión de que la felicidad como sentimiento o estado no es apartadiza, sino que los que nos apartamos de ella somos nosotros mismos, que fijamos la atención en los aspectos más accesorios de la existencia. Ella sigue estando ahí (en todo), desde los tiempos inmemoriales en que todo estaba por hacerse aún (mundo y hombre).
Todo epacio, todo símbolo, todo ser o todo encuentro cuenta con su alma si ecuchamos su risueña vibración desde el corazón. Puede parecer una tontería, pero el concepto romántico de entrar en comunión con el ANIMA MUNDI, que algunos creeréis superadísimo ya, y en el que el alma de todas las cosas se confude en un sólo pálpito, tiene su razón de ser: quizás sea verdad que un corazón es lo que mueve el mundo...
La experiencia de lectura Un pez que va por el jardín, de José Corredor Matheos y que mi profesora de literatura, Lola Josa, a la que le profeso un profundo respeto y admiración, me ha llevado a sacarle el polvo a estas ideas y alimentarlas con cosas nuevas. En apenas unos cuantos renglones versificados la propia letra me embarca y transporta a todos estos aspectos vívidos de la existencia en los que tanto nos perdemos cuando queremos ponerle el verbo.
Corredor Matheos recoge, sin pretenderlo, la fuerza del universo con todo el tino que le da la perspectiva de tener a sus espaldas una carrera de poeta en las letras y en la vida.
La palabra nos trae una vivencia metafísica de la mano de una voz tan clarividente como arrolladora en su vuelo. Otra absurda recomendación para vosotros, los que podéis sentir ese palpitar en el que bailamos abordándonos, matándonos, devolviéndonos, transformándonos, mordiéndonos y militándonos.





Felicidad, ¡ojalá la mordáis todos!

viernes, 18 de enero de 2008

Dila

Así es el día en esta casa,

así los vientos.

Hay lamidos,

hay silencios.

Así la vida puesta en todos tus ojos.

Así los huesos.



Dijiste,

dijimos.

Y amamos esas palabras

que escupen en estas horas locas su matriz.

(De rojo ira son su vientre las palabras),

Las que cupieron en las bocas

y se fueron.

Las que llevaban sombra.



Dijiste

Dijimos



Dime ahora.

¡Dímela!, di.



¡Y que me mate!



Una palabra dime

y que me mate.

Que me mate



y véte.



Dímela,

di...



sábado, 5 de enero de 2008

Identidades que matan



En un mundo ideologizante e ideologizado es común toparse a tientas con lo que nos identifica y, para ponerme a mí mismo en tela de juicio, el ejercicio de saldar las cuentas con la propia identidad parece perseguirme.
Hace poco alguien me pidió escribir sobre el papel que interpretamos cuando dejamos de ser personaje, algo de lo que, por cierto, no fui capaz de decir ni media palabra. Poco después se cruzó en mi camino una instalación titulada “Jo no sóc la meva cara” (Yo no soy mi cara), de Antonio Selvaggi, como presagio de la opacidad del propio concepto de identidad. Más tarde, Rafael Gracia nos invitó a visionar un trabajo que viene a ser una rigurosa meditación audiovisual, Caleidoscopi sutra, en la que el sujeto en cuestión hace un largo recorrido biográfico a la luz de las sombras que emergen al indagar en estos menesteres. También me viene a la memoria que hace unos meses mi amigo Juanjo me pasó materiales fotográficos de los que hizo acopio en su último trabajo sobre su propia identidad.
La última sacudida de conciencia entorno al tema viene de la mano de otro Juanjo, éste último de raigambre más “mediática” que el anterior. Me estoy refiriendo a Juan José Millás, otro de mis escritores fetiches, pues resulta que como el Planeta se esfuerza en lavarse la cara, este año le ha dado el premio finalista al tal Millás por su novela El mundo, una autobiografía ficticia exquisita o una ficción autografiada, también exquisita.
El mundo viene a ser una novela de madurez en la que se nos muestra al mejor de los Millás posible. Su autor nos invita a conocer de cerca el proceso de dolor y alivio que produce el mismo acto de la escritura: Comprendí que la escritura, como el bisturí de mi padre, cicatrizaba las heridas en el instante de abrirlas e intuí por qué era escritor.


Toda la novela es un largo y doloroso recorrido que atraviesa la identidad de la voz narrativa para acabar haciéndola añicos en lo que resulta ser un extraordinario colofón, y lo mejor de toda la novela, el epílogo; un epílogo que no tiene desperdicio y en el que se pueden leer verdades aplastantes. Os dejo con una de ellas. Saboreadla en silencio. Yo ya me callo, porque después de lo que sigue, resultaría un ultraje decir nada más:



Quizá no seamos los sujetos de la angustia, sino su escenario; ni de los sueños, sino su escenario; ni de la enfermedad, sino su escenario; ni del éxito o el fracaso, sino su escenario… Yo era el escenario en el que se había dado el apellido Millás como en otros se da el de López o García. ¿En qué momento comencé a ser Millás? ¿En qué instante empezamos a ser Hurtado, Gutiérrez o Medina? No, desde luego, en el momento de nacer. El nombre es una prótesis, un implante que se va confundiendo con el cuerpo, hasta convertirse en un hecho casi biológico a lo largo de un proceso extravagante y largo. Pero tal vez del mismo modo que un día nos levantamos y ya somos Millás o Menéndez u Ortega, otro día dejamos de serlo. Tampoco de golpe, poco a poco.

miércoles, 2 de enero de 2008

"Mistura". Arte. "Lujo, calma y voluptuosidad"


¡Dos posts en apenas unas horas!, diréis... La verdad es que necesitaba escribir con urgencia este texto para el número de enero de la revista "Mistura", pues me marcho a esquiar estos días y sólo podía hacerlo hoy (me encanta porque siempre voy con la presión de última hora...).

Este mes el tema central gira entorno a la maliciosa pregunta: ¿Qué es el arte?

Hubiera preferido escribir algo parecido a un ensayo y responder a la interrogación de un modo más "formal", pero me ha salido lo de más abajo y no es lo que se llama precisamente una respuesta. En el foro de la revista ya intento responder de un modo más fiel. Si os interesa el tema, os invito a visitarlo porque allí la cosa está candente. ¡Un abrazo a tod@s!

Para ser más precisos, cabría decir que me siento estar fuera del tiempo y del mundo.
Vine a parar a este rinconcito en la ciudad por el que ahora me paseo embelesado, cauterizando en mi interior cada una de las impresiones que me saltan al paso de los cuadros expuestos en esta última sala. Todos ellos, un viaje en el que perecer, en el que reposar lánguidamente mientras se siente que te detiene el tiempo a golpecitos de una música que viene de muy lejos.
La sala es una región inencontrada de colores punzantes al ritmo de una danza que, voluble, embriaga nuestro silencio. Desde cierta distancia, alcanzo los lindes difusos de una mancha de color hecha una toda. Sus líneas bailan confusas al abrigo de la luz que domina sus vuelos, y aunque a esa altura no distingo los detalles, la gran mancha me resulta conmovedoramente familiar.
A medida que me acerco, me veo imbuido por las formas en las que se resuelve. Al ritmo de mis pasos se va definiendo su cuerpo a la par que ella toda me habla con su música de un modo más preciso y directo. Quizá por mimetismo o por solidaridad con el estado en el que me encuentro, tal mancha lleva como título Lujo, calma y voluptuosidad.
Me acerco a ella imbuido por el universo que me destina. Los pasos me acercan a una visión más fiel y vívida de la disposición de sus líneas y sus puntos. A dos metros me detengo.
Habla ella en su silencio.
El mundo le ha hablado antes y ella le responde ahora echando mano del movimiento, en una suerte de color y luz. No había captado antes esa expresión directa de la vida sensible, esa quietud, y ahora me veo disuelto en esta imagen, envuelto en el alma que tienen las cosas que en ella se persiguen.
Todo lo figurativo que en esta tela se contiene no quiere trascender por sí sólo. Son su más allá, lo que hay detrás de ello, lo que le impregna de erotismo, de sensualidad, de alma y de pulso. En ella la luz se proyecta sobre los objetos y nos da cuenta de lo que se puede ver desde el fondo de una retina (lo que subyace a la superfície de las cosas). Podría ser algo así como la poesía…
Apresado en el dentro de aquel marco, estoy comprendiendo que el cuadro se gesta dentro de mí como un día también se gestó dentro de Matisse. Comprendo también que las cosas a veces no tienen porqués. Son y es necesario que así sean, como necesario es que la vida fluya en ellas y nosotros asistamos con insistencia a ese fluir.
En espiral arrullados nos vemos de vez en cuando,
de la vida al arte.
Del arte a la vida.

martes, 1 de enero de 2008

Como la seda

Empieza el año con una suma de actos que tienen que venir de la mano de sus correspondientes consecuencias. No quiero unirme a la maldición absurda de los nuevos propósitos por cumplir, que por lo general quedan desvalidos con los azotes del primer mes del año, pero ahí están los cambios que van a empezar a forjar la solidez del camino y la firmeza de mis pasos, pues este año debe ser de consolidación.
Lejos de la prisión de resacas insoportables, he disfrutado del placer que produce el silencio y la quietud de un día casi fantasmagórico. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que con un buen libro entre las manos? Pues la verdad es que ayer el destino me trajo un regalo que guardaré a buen recaudo, ya que se trata de una pequeña joia literaria que me he pulido en apenas unas horas de lectura. Su autor, Alessandro Baricco, y su título, Seda, una pieza tan exquisita como conmovedora, tan inusual como sorprendente, tan cautivadora como extraña...


Seda es un auténtico universo literario con todas sus complejidades y que se concibe de manera magistral en el que la "seda" resulta ser una auténtica alegoría de algo unido intrínsecamente al ser humano y que sabe a levedad, a silencio, a inefabilidad, a música, a tiempo, a misterio... Seda es esa clase de historias en las que se establece (entre ella y el lector) una especie de seducción que te embelesa, al tiempo que te invita a viajar por un mundo tan onírico como real.


Una historia, sin duda, cargada de un camino ascético en la que los misterios que van unidos al amor afloran con todas sus incógnitas y sufrimientos.


Una frase memorable de la obra con la que me quedo:


Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca.

Os la recomiendo a tod@s locamente. Un buen regalo de reyes. Un placer inexplicable deslizarse por sus páginas. Una aventura. Un sueño. Una revelación.

Sí, ¡ya!, soy un entusiasta de mierda, pero ya me contaréis si la leéis...