La gala de los premios Goya fue anoche, como todos los años, un evento señalado en nuestro desafortunado panorama cultural. Más allá de los cortes de Dior o de los engorrosos encajes tragicómicos de Ágatha Ruiz de la Prada, la alfombra encharcada por la lluvia nos trajo hasta nuestras pantallitas a queridos profesionales del 7º arte (me encanta esta fiesta y me encanta asistir a ella en buena compañía).
Las sorpresas fueron varias. Esta vez no se hizo una carga abusiva de premios a la gran preferida, "El orfanato", y hubieron estatuas goyescas para casi tod@s, incluso la hubo para mi querida Maribel Verdú, la gran olvidada por los académicos (me encantan tus ojos, Maribí).
Lo que más me gusta de estos galardones son la mágica combinatoria de palabras que en momentos de alta sensibilidad emocional emerge (no me quiero imaginar la de vibraciones que se deben vivir en estas ocasiones). Una de esas combinatorias resonará en mi cabeza por mucho tiempo. Vino de la mano de un Corbacho cansinamente estupendo: "Que el humor sirva para mitigar el dolor de una tragedia, pero no para olvidarla." De impacto brutal, ¿verdad?
Rápidamente estas palabras activaron mis circuitos neuronales y me llevaron a acordarme de la andadura del nuevo drama español cobijado, entre otros, por Buero Vallejo y su extraordinaria Historia de una escalera a la que tanto apego tengo, quizás por su intensa pasión por la verdad en todos sus puntos e íes. Historia de una escalera, una escalera símbolo del descenso y eje del drama, de nuestro propio drama.
Buero Vallejo afirmaba que el humor sólo es posible cuando en un acto de libertad los pueblos asumen en sus conciencias la tragedia, el dolor y el drama de su historia e idiosincrasia (antes no).
Pues ahí le tenemos (en boca del bufón de turno) a uno de los grandes aplastándonos genialmente la cabeza.
Y después que me acusen de someterme con obstinación y vehemencia a los clásicos...





