Porque revientas el aire
y me zarandeas.
Porque me haces ser de pasión,
y en tu delicada pureza mi lengua
sabe al todo olor de la hierba,
-¡qué de mañanas frescas!...-.
Se puede vivir en los besos de tu boca
y pensarse,
y pensarte en todo,
en toda tu rabia de desgarro,
en todo tu nervio...
-¡qué corazón dulce y sangriento
al mismo tiempo!...-
En la locura de tus brazos
se transforma el tiempo
en magia de crepúsculo.
Se detiene el verbo inalterado
porque se hace,
porque en suave brisa distinta
se va haciendo,
y porque en distinta
pulpa es por donde
muerdo de ti paso a pasito.
En la loca noche me das agrupaciones
tuyas cosiditas con tus pliegues
de noche magia.
Relieves de deseos.
Así es como vuelcas prodigiosamente
este palpitar de niño nuevo en mi cuerpo.
Mientras creas el silencio
de tus dedos somorgujándome
el alma,
atravesándome el hueso.
¿Por qué revientas el aire
y me zarandeas?
Porque lo transformas todo
en magistral silencio.
Porque atizas el sueño
haciéndome el corazón.
Porque me matas lentamente,
y porque lentamente también,
sorbito a sorbito,
me vas dando
la vida.
martes, 26 de febrero de 2008
jueves, 21 de febrero de 2008
El azar y las personas
Es curioso cómo es el azar. Últimamente me ronda enviándome señales como si quisiera demostrarme su existencia. Él intenta seducirme y yo (claro está) me dejo seducir, porque además sabe hacerme el juego muy bien...
Todo viene por lo más importante en estas vidas, que son las personas. Hay personas que ni frío ni caliente, hay personas que simplemente te agradan o te disgustan, otras con las que pasas buenos ratos sin más trascendencia que estar bien con ellas. Hay de las del tipo que pasan inadvertidas. Luego están las que no forman parte de tu círculo directo, pero que sin embargo te da una enorme alegría reencontrate con ellas. Éstas últimas están muy cerca de aquellas otras que llegan a nuestras vidas sin saber cómo y luego acaban por permanecer aferradas y muy cerca de nuestros huesos y corazones. Las más importantes son las que vuelan contigo desde muy atrás o desde muy adentro, y por contra, las más indeseadas son las que únicamente te aportan dolor, porque son destructivas y no saben dar más de sí contigo (a éstas ya he aprendido a despedirlas de mi vida sin mayor duelo que la indiferencia).
Todo viene por lo más importante en estas vidas, que son las personas. Hay personas que ni frío ni caliente, hay personas que simplemente te agradan o te disgustan, otras con las que pasas buenos ratos sin más trascendencia que estar bien con ellas. Hay de las del tipo que pasan inadvertidas. Luego están las que no forman parte de tu círculo directo, pero que sin embargo te da una enorme alegría reencontrate con ellas. Éstas últimas están muy cerca de aquellas otras que llegan a nuestras vidas sin saber cómo y luego acaban por permanecer aferradas y muy cerca de nuestros huesos y corazones. Las más importantes son las que vuelan contigo desde muy atrás o desde muy adentro, y por contra, las más indeseadas son las que únicamente te aportan dolor, porque son destructivas y no saben dar más de sí contigo (a éstas ya he aprendido a despedirlas de mi vida sin mayor duelo que la indiferencia).
Sea como sea, todo forma parte del destino (primo hermano del azar), pues él decide, más o menos atinando, quién tiene quedarse y quién se debe marchar. Lo demás viene solo, porque sean del tipo que sean, todas las personas llegan a tu camino para aportarte algo que necesitas, y además suelen hacerlo acompañadas de la manita de nuestro amigo el azar.
Él es quien me ha devuelto momentáneamente esta tarde, y con su viento, a Mariela, una doctora argentina a la que sencillamente adoro. La conocí trabajando en el hospital y compartimos grandes ratos. En aquellas guardias interminables llegué a disfrutar con ella de conversaciones inteligentes y me asombré del gran material humano con el que puede proveerse una persona.
Él es quien me ha devuelto momentáneamente esta tarde, y con su viento, a Mariela, una doctora argentina a la que sencillamente adoro. La conocí trabajando en el hospital y compartimos grandes ratos. En aquellas guardias interminables llegué a disfrutar con ella de conversaciones inteligentes y me asombré del gran material humano con el que puede proveerse una persona.
Mariela ha decidido vivir para dejar de aprender a hacerlo. Así me lo contaban sus ojos sin que ella pudiera sospecharlo. - Mariela, lejos de todo, sé que lo harás bien y, a sabiendas que no leerás esto y de que no hay dos azares iguales, te envío un recuerdo especial que se me ha olvidado darte esta tarde. Sé que al fin y al cabo ser adulto lleva consigo un paquete, el de decidir. Tú ya lo has hecho y sé que, hagas lo hagas, la suerte está contigo-.
Hablando de azares, recuerdos especiales y personas, hace una semana el señor azar hizo una pirueta de las que da miedo pensarlas. Me trajo hasta aquí un correo de los que no se me olvidan y desde entonces lucho en vano por hacer que la respuesta llegue a su destinatario.
Lola Josa, si apareces por aquí, decirte que intuyo el jueguecito de los duendecillos que viven detrás de internet. Ellos son los que se obstinan en ganar la batalla impidiendo que no leas el correo que te escribí con todo el cariño que me es dado, pero espero que pronto se aburran y te dejen hacerlo. Y como todo va ligado en este juego de piruetas, azares y guiños, decirle quisiera a Corredor Matheos (si es que él también asoma su extraordinaria cabecita por aquí), que agradecido estoy yo por las palabras escritas hacia mi pequeña persona. ¡Un placer el encuentro, Pepe!
Hablando de azares, recuerdos especiales y personas, hace una semana el señor azar hizo una pirueta de las que da miedo pensarlas. Me trajo hasta aquí un correo de los que no se me olvidan y desde entonces lucho en vano por hacer que la respuesta llegue a su destinatario.
Lola Josa, si apareces por aquí, decirte que intuyo el jueguecito de los duendecillos que viven detrás de internet. Ellos son los que se obstinan en ganar la batalla impidiendo que no leas el correo que te escribí con todo el cariño que me es dado, pero espero que pronto se aburran y te dejen hacerlo. Y como todo va ligado en este juego de piruetas, azares y guiños, decirle quisiera a Corredor Matheos (si es que él también asoma su extraordinaria cabecita por aquí), que agradecido estoy yo por las palabras escritas hacia mi pequeña persona. ¡Un placer el encuentro, Pepe!
miércoles, 20 de febrero de 2008
sábado, 16 de febrero de 2008
Los cuencos de la piel

Tiene 84 años. El tacto de sus manos reúne toda la paciencia del mundo y, a veces, en la textura de relieve humano que hay en sus palmas y dedos, ella sabe hablar más que a través de sus ojos. -Háblame por esos ojitos-, le digo yo con los míos, pero el dolor o las cataratas (que no sé), vuelven casi opaca su mirada, y eso me pone triste.
A pesar de todo, me pregunto: ¿qué pueden decir las manos de sus dueños?
Siempre me gustaron las manos. Es la parte del cuerpo que más en contacto está con la vida de ahí fuera. A través de ellas recibimos mucha más información de lo que somos capaces de retener en nuestra memoria táctil. Los reflejos sensoriales son muchos y sobre ellas se forja gran parte del material humano del que estamos hechos. La piel es nuestra corteza y nuestro mayor misterio, y la maravilla que ella misma forma en el cuenco de las manos es de un milagro inefable, incluso más que el universo o la propia existencia.
¿Cuántas veces nos habremos encontrado imaginándonos que reposamos en la manos de alguien muy especial? Seguramente es fácil contar con los dedos las veces que verdaderamente lo habremos hecho y probablemente tiene mucho que ver en ello esta sociedad tan atropelladamente individual y desgajada de su sentido más primitivo y sensible.
Si pudiéramos preguntar a nuestros pequeños en sus primeros días, seguramente nos hablarían con mucha certeza del poder que tienen sus manos y de lo mucho que las observan extasiados, entre curiosos e incrédulos. ¿Qué les estarán contando sus compañeras de viaje? Sin duda, otro misterio por resolver del que no tendremos noticia, pues para cuando ellos puedan vocalizar un mínimo matiz de su experiencia táctil, el mundo de los adultos, que no les habrá educado en la experiencia sensitiva, pesará demasiado sobre ellos en esto y en tantas otras cosas.
He dejado a mi amiga de 84 años en suspenso con sus manitas cóncavas revolviéndose en el olvido de una escritura caprichosa, así que vuelvo a ellas. Seguramente la infancia de sus manos no ha sido fácil, pero ello no las hace muy diferentes a la de cualquier criatura de nuestro siglo. En ellas se recogen todos los trocitos de su existencia y ellas mismas han aprendido que no sólo los ojos pueden ser el espejo del alma.
Sus manos lo saben todo de ella y en el hospital me ha ofrecido una nueva forma de acercamiento a este nuevo paraíso comunicativo, pues me temo que me ha dado permiso y por eso he decidido que voy a aprender a comunicarme más a través de su olvidado espejo.
A pesar de todo, me pregunto: ¿qué pueden decir las manos de sus dueños?
Siempre me gustaron las manos. Es la parte del cuerpo que más en contacto está con la vida de ahí fuera. A través de ellas recibimos mucha más información de lo que somos capaces de retener en nuestra memoria táctil. Los reflejos sensoriales son muchos y sobre ellas se forja gran parte del material humano del que estamos hechos. La piel es nuestra corteza y nuestro mayor misterio, y la maravilla que ella misma forma en el cuenco de las manos es de un milagro inefable, incluso más que el universo o la propia existencia.
¿Cuántas veces nos habremos encontrado imaginándonos que reposamos en la manos de alguien muy especial? Seguramente es fácil contar con los dedos las veces que verdaderamente lo habremos hecho y probablemente tiene mucho que ver en ello esta sociedad tan atropelladamente individual y desgajada de su sentido más primitivo y sensible.
Si pudiéramos preguntar a nuestros pequeños en sus primeros días, seguramente nos hablarían con mucha certeza del poder que tienen sus manos y de lo mucho que las observan extasiados, entre curiosos e incrédulos. ¿Qué les estarán contando sus compañeras de viaje? Sin duda, otro misterio por resolver del que no tendremos noticia, pues para cuando ellos puedan vocalizar un mínimo matiz de su experiencia táctil, el mundo de los adultos, que no les habrá educado en la experiencia sensitiva, pesará demasiado sobre ellos en esto y en tantas otras cosas.
He dejado a mi amiga de 84 años en suspenso con sus manitas cóncavas revolviéndose en el olvido de una escritura caprichosa, así que vuelvo a ellas. Seguramente la infancia de sus manos no ha sido fácil, pero ello no las hace muy diferentes a la de cualquier criatura de nuestro siglo. En ellas se recogen todos los trocitos de su existencia y ellas mismas han aprendido que no sólo los ojos pueden ser el espejo del alma.
Sus manos lo saben todo de ella y en el hospital me ha ofrecido una nueva forma de acercamiento a este nuevo paraíso comunicativo, pues me temo que me ha dado permiso y por eso he decidido que voy a aprender a comunicarme más a través de su olvidado espejo.
sábado, 9 de febrero de 2008
Hacia la mañana nuestras pieles en silencio van. Todo el cuerpo en los ojos se mueve, y con tus dedos el sabor está trazándose ahora en toda la humedad de nuestros labios. Abrir, fluir y extenderme por entre tus besos son imágenes de una misma cosa que nos convoca a este crujirnos mientras nos deshacemos.
Segrega el jugo, saborea, abandónate en este ardernos. Deslízate por lo más rotundo que silba el sentimiento y llévame lejos.
Si es que te hago mientras me demoro en toda tu presencia, si es que tu ser aquí es generoso en todo su cántico (en todo su cántaro), si es que me basta con saberte, no me preguntes.
Segrega el jugo, saborea, abandónate en este ardernos. Deslízate por lo más rotundo que silba el sentimiento y llévame lejos.
Si es que te hago mientras me demoro en toda tu presencia, si es que tu ser aquí es generoso en todo su cántico (en todo su cántaro), si es que me basta con saberte, no me preguntes.
Quedémonos siendo esto.
lunes, 4 de febrero de 2008
Humores que lloran
La gala de los premios Goya fue anoche, como todos los años, un evento señalado en nuestro desafortunado panorama cultural. Más allá de los cortes de Dior o de los engorrosos encajes tragicómicos de Ágatha Ruiz de la Prada, la alfombra encharcada por la lluvia nos trajo hasta nuestras pantallitas a queridos profesionales del 7º arte (me encanta esta fiesta y me encanta asistir a ella en buena compañía).
Las sorpresas fueron varias. Esta vez no se hizo una carga abusiva de premios a la gran preferida, "El orfanato", y hubieron estatuas goyescas para casi tod@s, incluso la hubo para mi querida Maribel Verdú, la gran olvidada por los académicos (me encantan tus ojos, Maribí).
Lo que más me gusta de estos galardones son la mágica combinatoria de palabras que en momentos de alta sensibilidad emocional emerge (no me quiero imaginar la de vibraciones que se deben vivir en estas ocasiones). Una de esas combinatorias resonará en mi cabeza por mucho tiempo. Vino de la mano de un Corbacho cansinamente estupendo: "Que el humor sirva para mitigar el dolor de una tragedia, pero no para olvidarla." De impacto brutal, ¿verdad?
Rápidamente estas palabras activaron mis circuitos neuronales y me llevaron a acordarme de la andadura del nuevo drama español cobijado, entre otros, por Buero Vallejo y su extraordinaria Historia de una escalera a la que tanto apego tengo, quizás por su intensa pasión por la verdad en todos sus puntos e íes. Historia de una escalera, una escalera símbolo del descenso y eje del drama, de nuestro propio drama.
Buero Vallejo afirmaba que el humor sólo es posible cuando en un acto de libertad los pueblos asumen en sus conciencias la tragedia, el dolor y el drama de su historia e idiosincrasia (antes no).
Pues ahí le tenemos (en boca del bufón de turno) a uno de los grandes aplastándonos genialmente la cabeza.
Y después que me acusen de someterme con obstinación y vehemencia a los clásicos...
sábado, 2 de febrero de 2008
Río abajo
Hay un niño hablándome lejos. Niño hecho de agua que juega con un barco de madera en este tránsito hacia su discurrir, y ríe. Ríe.
Niño agua, gota a gota. Niño río.
Sopla y ríe el niño, y sueña con ser capitán de ese barco de maravillas mercantiles.
Cargado de sueños en ese mismo soñar, timoneando está el niño. Llenándose, irguiéndose en su estarse llenando. Niño lecho de río que se llena como se llena la vida cuando esta se despliega a lo lejos entre juegos, experimento y ensoñación.
Desde ese sueño, el niño también habla como de muy adentro, tan adentro que casi no puede oírsele de sordo que te deja su palabra. De puro verbo en su estar vibrando. En su estar llenando.
Baila en medio de su inmensa quietud como lo vienen haciendo los mares que, a trocitos, antes fueron ríos. Baila y danza, y sopla la brisa fresca de luz que embelesa en el crepúsculo.
Más acá se desliza lentamente en su estar fluyendo. Se desprende lentamente en este viaje, en este río que germina donde minutos antes lo había estado haciendo su voz.
Ahora crepitan suavemente las ramas de su cauce y sigue desprendiéndose con sus manitas. Aquí coloca una rama que se proyectará a lo lejos. Aquí los frutos y más allá la flor.
¡Qué queréis que os diga!, a mí me parece un prodigio estar mirándole su misterio, estar escuchándole su silencio. Estar pensándole.
Miradle ahora como sigue. Aquí dispone y propone. Un poco más allá inventa y dicta, y cualquier cosa que sucediera después, fuera una brutalidad incendiaria, un vaciarse, un desbordarse de su cauce de niño río que garabateaba arbolitos de los que hacen nacer cosas llenas de verdad.
A veces, en mitad de la noche, el niño llora porque se le ha escapado, río abajo, el barco de madera. Es entonces cuando se queda largamente silencioso y ausente como lo vienen haciendo los ríos desde siempre. Luego grita y llora desde su fondo de niño río que antes reía.
Se detiene y vuelve a mirarme más acá de la distancia, aquí, en donde se envuelven las almas. Sus labios, balbuciendo palabras de agua hechas del llanto hondo. Su corazoncito nada en la zozobra y lanza un no sé qué, y envueltos en esa soledad casi humana, él me mira también desde lejos haciéndome líquido. Me lanza sus porqués sin respuesta y sigue llorando ya sin barco y sin río.
Ya sin niño.
Ahora su corazoncito es mío y solloza, y me mira gota a gota mi cuerpo largo como un interrogante que, incrédulo, patalea la vida. Me descuelgo sin desprenderme ya. Se me olvida que he sido un niño, que he sido un río y que supe bailar como lo sabe hacer el mar en su solipsismo de invierno.
Más abajo vuelvo mis ojos hacia un punto inerte, agotado de no jugar viajando con mi barco.
Cansado.
Cansado de mi no nadar
de mi no estar nadando en mi río arriba...
"Cuando nadie me ve" de Alejandro Sanz. Por supuesto, mi lectura hubiera hecho producir un vídeo clip completamente distinto. Evidentemente, sin historia de amor de por medio o al menos, no una historia de amor a secas.
Veo por primera vez el vídeo y me decepciona que sea así. Siempre entendí esta canción de otra manera, siempre la llené de millones de matices vinculados a una experiencia inequívocamente unipersonal, forjada de una dialéctica cifrada en el desdoblamiento de la voz narrativa (o cantante). Nada que ver y absolutamente en desacuerdo, pero es la canción que escucho para este texto (la única que puede estar aquí).
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