lunes, 22 de octubre de 2007

Mala leche

El hombre es un lobo para el hombre
Thomas Hobbes


Escapo de las ficciones por unos momentos y paso a hacer las funciones de cronista de un suceso que ha tenido lugar hacia los albores de este mismo mediodía. Pero antes de adelantar acontecimientos, quiero contestar aquí mismo (a la vista de todos) a boris, que tan activo y perspicaz se muestra en cada uno de sus comentarios, y a anónimo, que también me acompaña (como felizmente me dijo una amiga ayer), a estar solo. Es a ellos a quienes comento por la sencilla razón de que han sido ellos los autores de los dos primeros comentarios que he recibido con relación al post de esta mañana. Quiero contestarles aquí y no en comments porque mi respuesta va un poco al hilo de lo que más abajo voy a castigar, eso sí, sin dar muchos detalles al respecto por guardar un poco el sentido de privacidad, esa desconocida que todos hemos ido perdiendo con la lacra de los reality shows en estos últimos años. Así que no esperéis una historia desmenuzada y desnuda al completo.
A continuación, respondo a los que me acompañan casi a diario al borde de la nada:
Boris y anónimo, en este mundo que a veces se nos muestra hostil y lleno de azotes imprevistos, el hombre puede sangrar y desgarrarse ante las adversidades que le destierran al atolladero. Una historia puede forjarse en la imaginación sin necesidad de ser cierta. Puede serlo a medias, pero eso no la convierte en más débil o en menos verosímil. La historia que en el post anterior se cuenta (Malcreciendo), es verdad ajena y, en parte también, verdad a medias, verdad inventada. No me pertenece, pero la he intentado hacer mía con más o menos puntería, que no sé... He intentado apropiármela e interpretarla, un poco jugando a ser actor (mi vocación frustrada). Lo que es cierto es que no es cierta. La ficción es así. Nosotros aceptamos las reglas del juego y, a menudo, el engaño supera con creces y en calidad superior lo real.
La prueba está en que esta noche podemos ser lo que quieran que seamos si perdemos el vértigo de los bordes hacia la nada. Nada nos pertenece únicamente a nosotros y todo el dolor ajeno puede ser también nuestro dolor. Eso es lo que he intentado hacer con esta historia. Apropiarme de un dolor ajeno con más o menos fortuna (eso podéis juzgarlo vosotros mismos).
Sé que no era necesaria la aclaración, pues, como todos los que quiero que me rodeen y los que me rodeáis, sois sujetos decentes con mentes decentes y eso es tener mucho para los tiempos que corren. Es de agradecer atravesar el mundo en tan buena compañía, por eso desde aquí os doy las gracias. Gracias a todos los que estáis aquí y más allá de las pantallas.
Ahora vuelvo a la crónica y retomo el hilo roto más arriba porque hoy, sin embargo, en la puta realidad he vuelto a notar la perversidad del ser humano (ya desde aquí no hay ficción que sea posible). El caso es que alguien muy podrido y con muy mal karma se ha ensañado con una persona a la que quiero con toda la rabia de este mundo. Las acusaciones y el maltrato sufrido en las últimas horas no hacen justicia al alto contenido de humanidad que alberga su corazón, pues de forma desafortunada e indebida, le han hecho daño y las heridas le están haciendo llorar, poniéndola muy triste. Siento profundamente que se tenga que ver rodeada de indeseables que, por otra parte, nunca podrán estar a la altura de la nobleza que le pertenece y que le hace brillar, aunque hoy se encuentre envuelta en niebla.
Siento profundamente cada una de las lágrimas que han estado inundando sus ojos mientras me contaba y contaba azotada por los desprecios que le han propinado con muy mala leche. Y cada una de sus lágrimas ha sido una lágrima mía. Toda su tristeza, mi tristeza. Su pesar, mi pesar profundo también.
Y es que hay ocasiones en que la injusticia causa estragos y es entonces cuando el disgusto no hace más que acrecentar este malestar colectivo que tanto nos insulta a todos.
Sabéis que somos dueños y señores de nuestro propio mal, el que nos aqueja todos los días. Todos y cada uno de nosotros (desde el jefe de estado hasta el delincuente), somos un atajo de hipócritas. Vivimos siendo incapaces de impedir dar un paso más en esta trinchera de la deshumanización que venimos padeciendo. Nos cobijamos en la farándula del escaparate del consumismo para hacernos creer que una imagen debidamente estudiada puede salvarnos del naufragio, pero nada más lejos de todo esto. Nosotros, los hijos del consumismo, no hacemos más que domesticar fieras y el producto resultante es una repetición infinita de seres atormentados que no paran de hacerse daño unos a los otros. Llegados a este punto, no puedo más que acordarme del mito del buen salvaje de Voltaire sacado a la luz en pleno siglo XVIII. El buen salvaje, el ser indígena y primitivo es allí mucho más noble y humano que el hombre (in)civilizado. ¿Qué hemos aprendido pues desde entonces?
No sé qué clase de futuro nos espera, ni sé si seremos capaces de hacerlo aún peor, pero siento decir que estamos metidos hasta las trancas en nuestra propia mierda. Alimentamos este cáncer que nos pudre a todos con indiferencia y este acabará (si no empieza a hacerlo ya) por devastar el corazón colectivo que tendría que estar moviendo el mundo con un poco más de benevolencia. Me pregunto también por qué no aparece ni Dios cuando realmente debería hacerlo.
Como ya he dicho más arriba, no voy a dar detalles de los sucedido pues eso forma parte de una intimidad que no es sólo mía. Pero a juzgar por el tono y, como veis, hoy he podido comprobar una vez más cuánta razón lleva Hobbes al afirmar que el hombre es un lobo para el hombre, y es una pena que así sea. Es una pena y toda una mierda completa, dicho sea de paso, porque sentir que alguien es ajado y maltratado de una forma tan injusta, no tiene nombre de puro cruel que a veces puede ser el hecho.
Estaréis de acuerdo conmigo que, en ocasiones, compartir mundo con según qué tipo de personas o encontrarse en según qué ambientes o situaciones, resulta verdaderamente humillante. Mañana continuaré con mi labor ambiciosa y estúpida de encontrar sentido al género humano y me empeñaré, como en cada uno de mis días, en intentar ser mejor persona, si no me lo impiden antes. Hoy, para lo que con esta tarea se refiere, me tomo el resto del día libre porque lo único que quisiera después de todo esto que he visto es estar fuera de este mundo inmaduro, impersonal, austero e ingrato.




Malcreciendo

Tú tienes el miedo. Me increpas atormentándome con tus fantasmas, pidiéndome un día más que nada tiene que poner ni qué decir. Dices que todo podría ser más fácil si nada dependiera de lo que no nos pertenece por natura.
Me hablas de desaprender de lo que yo creo que nunca has mal aprendido. Jalonas tus discursos con ademán interesante, con seguridad de acierto, sin pensar que nada puedes hacer con quien engañas. Tienes el premio de saber qué es lo que debes decir, pero te aquejas dentro de ti sin soportar la idea de que alguien que tiene diez años menos diga más que tú.
Me hablas con todo el peso y el aplomo de una experiencia que te inventas para impresionar, sin atender a que estás falto de lo más genuino, que es el ser a sí mismo. Sin ataduras, sin complejos, sin verdades a medias, sin los gestos medidos a sueldo...
Todo por lo que te aquejas no es mío, como míos no son tus silencios y tu ausencia maldita, así que deja que camine y sienta que pueda y deba hacerlo.
Sabes que no puedes juzgarme porque de tu propiedad es el daño que sube maltrecho. Tu juego se ha terminado y pretendes que claudique ante tus silencios, pero nada más lejos estoy de complacerte. Hace muchísimo tiempo que me encuentro solo y solo soy yo quien tengo que aprender de esta forma de sentir. Desde esta atalaya. Desde mi puerto, desde mi boca, desde mi silencio. Desde esta primera persona del singular que te va soltando entre desprecios que vienen de ti y que nada tiene que ver con lo que he sido.
Sepas que aprenderé a decirte adiós y quisiera que pudieras hacerlo conmigo.

domingo, 21 de octubre de 2007

Amor maltratado

Cuanto más bella es la vida,
más ferozes son sus zarpazos.
Cuantos más frutos consigo,
más cerca estoy de perder.
Por una caricia tuya,
toco el cielo con las manos
porque sé que si te marchas,
besaré el suelo otra vez (...).
Luz Casal
Se fue una mañana de un lejano mes de enero.
Se llevaba toda la vida en las pupilas y
clavó sus puñales de fuego
en la flor de su destino.
Se fue al encuentro de la mar
al través de los campos,
revolcando los caminos…
Se fue a través de los montes,
entre las honduras de los bosques,
entre la niebla,
entre las hojas y
bajo el gris tejado del cielo.
Robó un pedacito de nube a los sueños y se fue.
Se fue una mañana de invierno,
una mañana lenta de invierno.
Lenta y fría como la nieve del odio
que escupen los nubarrones grises.
Se fue en busca del mar
acompañada por
todos los ríos de la Tierra.
Quiso conocer la solemnidad del hiriente
azul que anega en sus aguas.
Quiso besar la sal y hundir sus pies en los
surcos de espuma de entre sus orillas.
Quiso confundirse con la piel del mundo.
Quiso dejar caer una lágrima, un pesar,
una pena ardiente y funesta.
Quiso,
pero se la tragaron las olas.
Quiso y no pudo,
porque se la tragó el silencio.

sábado, 20 de octubre de 2007

Tiempo líquido


Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.
De Si el hombre pudiera decir lo que ama, Luis Cernuda
A punto está ya de anunciarse la última canción. Nuestros juegos de seducción se tornan más vívidos con el descender del tiempo, con su lento discurrir. Atormentado yo, te suelto que vayamos a quemarnos en el asiento de atrás, que desde allí el mundo tiene otros recuerdos, y a ti no se te ocurre otra cosa mejor que romperte a carcajadas haciéndome pequeño. Después te envuelves en silencio mientras me susurras que quieres bucear en la geografía de nuestros cuerpos. El misterio se resuelve a sonar como un chasquido extraordinario. Afortunadamente, hay cosas que no necesitan palabras para decirse.
Repiquetean campanas y desde esta ventana morimos por disolvernos en las espirales de tus yemas y las mías. Los cristales de nuestras copas salen a su encuentro y, de repente, chispa nuestra imagen líquida en mitad de la noche.
Pronto me tomarás la mano, nos avalancharemos a los pies del mundo y, poco a poco, muy enfrascados y siempre por debajo de la piel, nos iremos tornando azules...

viernes, 19 de octubre de 2007

Lo prometido por venir

Tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto.
Mario Benedetti
Dice Mario Benedetti en uno de sus versos con mucho tino y gracia: "Siempre mañana y nunca mañanamos". Debería aplicarme el cuento, aunque creo que en este vicio me acompaña gran número de mortales. Poco a poco me voy aplicando, pero estoy todavía en fase de calentamiento, pues no le pidamos peras al olmo que, sabed: no tiene. Lo que de esta entrada cuelga pretendía ser la primera publicación después de mi viaje fugaz, pero acabé por no cumplir, y ahora vengo tarde. De todas formas, creo que, aunque tarde, vale la pena hacerlo. Así que dejo aquí algunas de las imágenes que me hicieron hacer crecer el corazón hace pocos días. Me ha costado, pero finalmente tengo que purgarme de todo y..., aquí están. Quise hacer algo mejor con ellas por lo que significa para mí todo lo que hay detrás y delante de ese objetivo, pero me resulta difícil. Entre tanta intensidad y tanta piel, uno se acaba perdiendo. También entiendo que ya está ahí el post A un río le llamaban Sena y creo que las imágenes tienen mucha más hondura que lo poco que yo les pueda añadir con palabras.
Sólo me queda agradecerle tanto por todo a esa personita que volcó sus sobrenaturales ilusiones en este viaje, haciéndome vivir tantas cosas juntas (no digo quién es por preservar su identidad). Que sepas que lo tuyo no tiene nombre y, por supuesto (no te quepa duda): ¡¡¡este ha sido el mejor regalo!!!






Durante un largo paseo tocando con los dedos mi nuevo sueño, el Sena. Lástima de la grúa de la izquierda...




Vista de París en el tercer piso de la Eiffel (un frío...).




Yo contemplando "Victoria de Samocracia"





"Victoria de Samocracia"






Fragmento de sueño a su paso por la "ille de la cité"




Sin comentarios... Bueno, ahora que salgo de la foto, veo que está cargada de romanticismo decimonónico. Por ejemplo, a Larra, Rosalía o Bécquer les viene muy bien.



En medio de uno de esos atascos por los que ya no sufro.

Esto ha sido todo. Tengo más fotos, pero no me quiero poner barroco con el blog. Me las reservo para hablar con ellas en esta mi soledad. ¡Va por ti!
























jueves, 18 de octubre de 2007

Aprendiz





Suena música clásica en señal de inicio de las clases. El trajín de la sala de profesores se incrementa, aunque pronto quedará vacía. Alguien me facilitó información relevante hace un par de minutos acerca del grupo de discentes al que me toca persuadir. No recuerdo exactamente cómo iba, pero venía a decir algo así como que no bajara la guardia ni un solo minuto. Tengo que decir que, después de la última experiencia, eso NO me tranquiliza.

Sé que todos mis esfuerzos deben concentrarse en ahuyentar a los fantasmas y en echar mano de una extraña habilidad oratoria lo suficientemente convincente como para no aburrir al personal, ganarme su atención y caer en gracia.

La clase que programó mi sustituida días antes para esta sesión tampoco me ayuda demasiado. Y es que, gramática, a primera hora de la tarde, es lo que menos apetece a los que reciben los primeros latigazos hormonales.

Muy concienzudamente, recojo las carpetas y el libro de texto. Antes de dirigirme pasillo arriba, me sorprendo santiguándome mentalmente, aunque hace ya mucho tiempo que dejé de creer en Dios. Mis pasos aceleran la marcha. El aula 37 está a la vuelta de la esquina, ocupada casi en su totalidad por la algarabía preadolescente. Entro con decisión y cierro la puerta tras mis pasos. Un incómodo silencio acompañado de todas las miradas clavadas en mi cara me obliga a romper con un saludo a los presentes. Algunos me sonríen, otros se sientan indiferentes, un par de ellos continúan con su charla sin dar muestras de importarles mi presencia allí y tres o cuatro me interrogan acerca de cómo me llamo.

Tras mi presentación, los alumnos, uno a uno y por orden, me dicen sus nombres. Cuando acaba la primera fila de la derecha, me doy cuenta de que sus ojos me hablan más que ellos y que, por encima de todo, necesitan que alguien les escuche con el cuerpo entero. Para sorpresa mía y cuando acaba la ronda, se origina un diálogo espontáneo que nos inunda a todos de curiosidad. Lo sé porque me cercioro rápidamente de lo volcados que están en sus intervenciones. Quizá todo esto está sucediendo porque nos vemos aprendiendo de lo que somos, de lo que nos interesa, de lo que nos concierne... Ocuparnos de nosotros y desear compartirlo con los demás, nos ayuda a dar forma y poner nombre a nuestros pensamientos y eso, cuando puedes experimentarlo en directo, es la mejor forma de aprender.

Por supuesto, la clase de gramática no queda relegada al olvido, pues no soy ningún manta. La verborrea de la que todos hacemos gala en la primera parte, creo que ha sido la mayor manifestación de creación lingüística que he presenciado en mi corta vida como docente (los alumnos son más inteligentes de lo que nos pensamos). Eso sí, los grados del adjetivo vienen después con más o menos pasión.

Al finalizar la clase, todos nos despedimos. Creo que ha habido conexión. Incluso alguno me ha manifestado abiertamente sus deseos porque me quede hasta final de curso con ellos. No sé qué responder ante tanta espontaneidad. Decido que lo dejo en una sonrisa de agradecimiento y me despido hasta el próximo día.

Ya en el pasillo, y después de una clase en la que se me han movido tantas cosas por la cabeza y el corazón, me pregunto: ¿Quién está enseñando a quién?

miércoles, 17 de octubre de 2007

Ciencia ficción

Me encuentro en un locutorio contando miserablemente los minutos de conexión porque, desde hace siete días, TELE 2 me está maltratando sin línea telefónica ni conexión ADSL. Lo más indignante de todo, es que no es la primera vez que me sucede. Desde que contratamos sus servicios, hace poco más de año y medio, hemos sufrido cortes intermitentes de similar duración. Os preguntaréis: ¿Te has asegurado que no haya alguna factura al descubierto? Pues no. No se trata de eso, pues bimensualmente pagamos religiosamente la factura. Bueno..., yo no (mi madre), pero para el caso, es lo mismo.
Mi impotencia en estos momentos es tal, que estoy al borde (no de la nada), sino de la ira, pecado capital que, por otra parte, no para de perseguirme a cada paso últimamente. Pues he descubierto que toparme con ejércitos de incompetentes es el deporte que mejor practico. Así que, muy en forma, día tras día llevo telefoneando al servicio técnico y las respuestas no pueden ser menos esperanzadoras. Todavía nadie se ha dignado a darnos explicaciones sobre la causa. Una tormenta producida antes del puente de la semana pasada podría ser el motivo de los cortes, pero nada que pueda explicarse con certeza. Y yo que, como cualquier mortal, tengo paciencia limitada, esta tarde me ha sobrepasado el tema. Lo más triste de todo es que nadie me asegura cuando me van a devolver la conexión y, para más inri, piden que espere albergando la esperanza que en pocas horas el servicio penoso volverá a estar operativo.
La teleoperadora que me ha atendido, muy recatada ella, y con capacidad de amansar a las fieras enfurecidas como yo (seguro que hace reiki), me ha dicho, muy amablemente que, si lo deseo, un técnico se presentará en casa en menos de 24h, pero que tampoco me lo puede asegurar. -¿Que si lo deseo? Esta interrogación indirecta es retórica, ¿verdad?-. Mis nervios apuntan al suelo... Hubiera traspasado el teléfono para enseñarles en vivo los dientes, pero pobres, ellos son unos mandados y no tienen culpa. Así que, muy resignado, me he despedido de la chica tan cordialmente como me ha sido posible y he acabado por rendirme (decir cordial es, por supuesto, un eufemismo).
Mis inmediatas dudas han sido las que siguen: ¿Dónde quedan entonces mis derechos como consumidor? ¿Todo esto es denunciable? ¿El servicio de atención al consumidor va a hacer algo al respecto si pongo una reclamación? En fin..., ya veis hasta dónde llega mi desesperación. Las obras del AVE no son las únicas chapuzas que nos acechan hasta desgastarnos las vísceras y el entendimiento. A veces siento tanta impotencia... Entonces es cuando me vienen deseos de marcharme al exilio y cambiar de planeta. Pero, como eso es físicamente imposible, ¡ya me diréis qué coñ(piiiiiiii) hago!
Ahora me despido disculpándome por el tostón del post. Me hubiera gustado deleitaros con asuntos menos despreciables y mundanos, pero hoy no puedo ponerme a escribir algo con cierto atractivo. NOTA: Entended que estoy en un locutorio y que no es el momento ni el lugar para trascender más allá... Prometo volver con ficciones y poesía en breve, aunque eso sí, vuelvo a estar bajo el yugo del tripalium y mi tiempo se reduce a la mínima expresión. ¡Un abrazo!