miércoles, 10 de septiembre de 2008

Azul en iridio



Por lo que debemos hacer siempre lo que nos mande la conciencia y dejar que se peleen aquellos por un hueso, como los perros; los otros, por un juguete, como los niños; o éstos por mangonear, como los mayores; y no reñir con nadie, y tomar lo que Dios nos ponga por delante, como los pájaros.

Benito Pérez Galdós





Las tormentas de la noche, sin saberlo, le habían limpiado el rostro al día. El sol vestía a su alrededor un cielo de septiembre iridiado. Doliente. Intenso. El mar dejaba deshacerse las olas en la orilla. Se había desperezado ya, y bien entrada la mañana, nos estaba contagiando libremente con su particular alegría.


Avanzamos hacia él descalzándonos. Sentíamos cómo se hundían los pies en la arena húmeda, fría. Elena se mostraba por primera vez ligera en aquella mañana en la que no habíamos visto venir el sol como de costumbre, y los rizos de Iago evolucionaban de forma lúdica dentro del viento.


Algo que nos pudo traer la tristeza era el verano de nuestro mediterráneo con sus temperaturas ya en mengua y que presentaba su faceta más fugitiva. Pero aquella mañana el espejo de platino que había sido el mar un rato antes se transmutaba ahora bajo aquella luz transparente y cálida. La época azul nos seguía sonriendo en nuestra piel brillante mientras nos desnudábamos con impaciencia.


Recuerdo que corríamos hacia el agua esparciendo la ropa desordenadamente sobre la arena. Saltaron al mar ellos dos primero, y luego yo. El agua fría podía soportarse fácilmente todavía y empezamos a nadar y a darnos aguadillas. Buceábamos removiendo nuestros cuerpos y entre medio de aquel ejercicio salíamos a respirar lo brillante, lo azul oscuro que recortaba las nubes a la par que las perfeccionaba. No hay mayor espectáculo que unas nubes de septiembre volándonos por los ojos. Después de juguetear largo rato, salimos al sol de la arena. Conocíamos de otras veces aquella felicidad infitina. Nuestros cuerpos fríos se iban llenando progresivamente de sangre caliente bajo el sol y así podríamos pasarnos horas tumbados observando el ímpetu del cielo.


En medio de ese ejercicio de plenitud y abandono, vinieron los pájaros que soñaban con nuestros cuerpos a la par que nosotros soñábamos con sus alas. Se quedaron allí sobrevolando nuestros rostros mientras nos dibujaron en el cielo nuestros propios pensamientos. Los organizaron, los manipularon y trazaron nuestras secuencias con elegante maestría. Luego se marcharon mudos dejándonos todo su silencio en nuestra mudez. Durante aquellos segundos que le seguieron a esa escena, nos descubrimos fantaseando con su mundo, no sabiendo muy bien si habríamos dejado nunca de hablar con ellos en un mismo idioma.
















Verano, ¿qué tal si vuelves a empezar?...

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