miércoles, 17 de septiembre de 2008


Tiene tan sólo 12 años y ha sido ya protagonista de una trama sórdida y, lo que es peor, demasiado común. Conoce al dedillo el nudo y el desenlace de este tipo de historias. Probablemente porque las ha visionado en más de una vez por televisión o porque en clase han trabajado la sucia materia en otras ocasiones. Pero esta vez le ha tocado a él el impacto y no podemos imaginarnos cómo a estas horas el dolor debe resultarle desesperadamente insoportable.

Su padre le ha arrancado a cuchillazos la vida al lado de su madre, y luego, quizás sin saberlo, también le ha arrancado la libertad de ser un niño.

No me explico la irracionalidad implacable, la injusticia, el dolor, los destrozos que provocan los hombres sobre sí mismos. No concibo el por qué un ser humano tiene que retorcerse en ese infierno y presenciar semejante atrocidad, lo animal y violento de ese maltrato descarnado, sangriento y ya sin posibilidad de reparar.

Supongo que no será fácil volver de la derrota y bajarse a este mundo a todas luces incomprensible, como no será fácil arreglar los destrozos de una historia que no has elegido, inventarse el perdón a un padre que tampoco has podido antes escoger, deshabitar emociones oscuras que nos desguazan el alma y que tampoco antes has querido pedir.

No será fácil recomponerse el rostro; recuperar la mirada perdida. Pero pongamos todos un poco de fe ciega en el asunto, un trocito de esperanza sin miedo y trabajemos, con mimo y paciencia, desde nuestra diminuta parcela humana. Quizás eso ayude a que miles de personas engullidas por esos mismos pozos u otros no menos irracionales salgan y revolucionen el mundo con lo que han aprendido en lo negro. Quizás así ese niño, que vive desde ayer en el mismo nido de oscuridad insoportable, pueda volver a la vida y revolucionar el mundo con el amor que tiene ahora desorientado.

Ojalá y (como diría Joaquín Sabina), consigamos que los que matan se mueran de (una puta vez) de miedo.

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