sábado, 13 de diciembre de 2008

Mis padres


Un SMS fechado el miércoles 10 de diciembre me arrancó del alboroto de estos últimos días. Estaba a punto de entrar en la junta de evaluación, así que abrí el móvil para silenciarlo y en ese momento me encontré con él: "Ya somos papas".
No deja nunca de asombrarme la fuerza del lenguaje. El engranaje de la mecánica aparentemente sencilla de estas tres palabras me transmitía una fuerte alegría que, sin duda, pertenecía a un orden más complejo que se incorporaba a ellas. Dos de mis amigos se habían convertido en padres, en unos nuevos padres para muchos de nosotros.
Recuerdo uno de los momentos, hace pocos días, en los que estábamos de visita en su casa. Ella acariciaba el bulto que, fruto de una magia inefable, había crecido en su interior durante los últimos meses. Explicaba feliz cómo ese ser que llevaba dentro formaba con ella un solo cuerpo, que se movía por entre sus vísceras con total libertad y misterio e incluso llegó a admitir que, a pesar de que se moría de ganas por verle la cara a su bebé, no deseaba que llegara ese desgarro mediante el cual ambos cuerpos dejarían de ser uno por medio de un desprendimiento igual de mágico y extraño.
Nosotros asistíamos con envidia sana a esa unión narrada con exactitud en la que se esconden tantos significados por descifrar. No me imagino en estos momentos cómo deben sentirse mis padres nuevos, ni cómo acudirán juntos a la construcción lenta de esa nueva vida que ambos han encendido. Sí me los imagino, en cambio, gravitando eternamente sobre esas primeras palabras calientes e inocentes que explotarán en la boca de su niña cuando esta los llame, por primera vez, papa y mama.
Pienso también en que es una suerte para ella (la niña) tener los padres que tiene y que, noticias como esta dan cuenta de a qué velocidad nos pasa a todos la vida. Hace dos días éramos solo unos adolescentes...
Este mes de diciembre viene cargado de esperados nacimientos. La vida se expresa a través de ellos y por su nuevas sangres circula la verdadera esperanza. A mi sobrino Adrià le quedan quince días de incubación y ya estamos todos locos de deseo por recibirlo en este lado del mundo.
No sé si seremos capaces de prepararles a estas criaturas para la crudeza que les espera en la vida. Pero nada me hace dudar que les aprovisionaremos, entre todos, de algo esencialmente vital para ello: el amor.
Desde aquí doy la bienvenida a esta niña envuelta de mucha pureza y virginidad.


viernes, 5 de diciembre de 2008

Invisible

Hace días que me rodea una especie de angustia a la que debería denominar más bien preocupación. El caso es que una serie de coincidencias me llevan a la consideración de creerme en posesión de una virtud nueva o extraña. La tal virtud es creciente y bien podríamos relacionarla con la capacidad de ser invisible, (esa condición con la que todos hemos soñado en no pocas ocasiones).
Cada vez más me siento como un sujeto al que no se le distingue entre sus semejantes, y no es que este sentimiento se haya convertido en una obsesión absurda, pues los propios hechos lo demuestran. Si voy acompañado a algún comercio y consulto algo al tendero sobre un producto, este no sólo me ignora, sino que dirige sus explicaciones a mi acompañante (que le importa una mierda lo que yo ando buscando) haciendo caso omiso del que demanda (esto..., yo mismo). Me ha pasado en repetidas ocasiones en los últimos días. Hoy mismo, después de cumplir con muchas obligaciones, me he acercado a una cafetería muy cool, me he sentado en una mesa alejada en busca de un poco de tranquilidad y he abierto el periódico mientras esperaba que el camarero viniera a tomar nota. Relajadamente (hoy hemos tenido fiesta en el instituto), he ido pasando de una noticia a otra y a otra y a otra y, cuando me he querido dar cuenta, llevaba quince minutos de reloj esperando a ser atendido mientras otras mesas que, curiosamente han entrado detrás de mí, ya estaban servidas. Y no sólo eso, sino que los propios camareros descuidándose de sus tareas hablaban muy ruiseños entre ellos a saber de qué.
Con el ánimo que me hierven los nervios este tipo de desconsideraciones hacia el cliente, me he levantado de la silla, me he colocado el abrigo, he cogido mi periódico y muy prudentemente me he dirigido a la salida sin decir nada, evitando así salpicar con mi ira a los dueños del local. Pero cuando estaba casi a punto de alcanzar la puerta, el camarero me pregunta:
- Perdone (¡y encima me habla de usted el muy gilipollas!), ¿ha pagado el café?
- ¿Qué café?-, le repondo entre sorprendido e indignado-. ¿El que no me habéis servido?
- Ah... Perdone es que pensábamos que ya había consumido. Con tanta gente... Si quiere, le servimos ahora mismo.
- No chico, ni te molestes. Disponía de veinte minutos para tomarme un café y ya sólo me quedan cinco (mentira cochina para despertarle sentimiento de culpabilidad). ¿Sabes la cafetería que hay aquí detrás?
- Sí...
- Pues ahí que me voy ahora mismo.
Me he dado la vuelta, he abierto la puerta, y ahí le he dejado con la boca abierta hasta los pies.
Pues bien, situaciones como estas se repiten más de lo que yo quisiera. El otro día se lo comentaba a una compañera de trabajo: Creo que padezco algo así como el mal de los invisibles... Me pidió explicaciones y le argumenté el porqué con no pocos ejemplos. Imposible que seas invisible chaval, con esa belleza ni de coña puedes pasar desapercibido... Gracias por el cumplido, le dije, pero no te esfuerces. Invisible, tal y como te lo digo...
A todo esto nos echamos unas risas y la cosa quedó en una simple anécdota.
No sé si debo angustiarme o no y, pese a que hoy me he irritado un poco más de la cuenta, creo que hasta puedo estar orgulloso de mi nueva condición. Un hombre solitario como yo no podría soñar menos que ser precisamente eso, invisible.


viernes, 28 de noviembre de 2008

Paseo vespertino

Me brindo un paseo sereno por las estancias del alma. Sufro y río a un mismo tiempo. Nado más que camino y me abraso con la luz del pensamiento. Esta cálida luz de la que soy preso.
Música, palabra y silencio.
Todo es lujo y calma en este no espacio, en este no tiempo. Y nado en una nada más que abundante.
Sigo poniendo al arte en un pedestal tan alto que incluso a veces no sé cómo subirme.
Y no me importa.
Ese es el secreto que comparto con la tarde, mientras ella sigue envuelta en su misterio eterno.
Nos hacemos cómplices en esta dicha y, a pesar de que yo sepa menos de fugas que ella,
en nuestra dialéctica de silencio hay una succión de algo por descubrir que más nos vale que reste inerme en su propia emboscada.






Un acontecimiento festivo me sigue manteniendo el fuego de la emoción. La de hoy es una noche de teatro.
Espero con paciencia la magia del comienzo. Clavado en la butaca me abandonaré al placer del engaño. Un texto al que se le inyectará vida volará hacia la platea. Quién sabe si con cierto...

Una vez haya caído el telón de la ficción, se volverá abrir el de la vida y saldremos destemplados hacia nuestra realidad. Después de que eso haya pasado, ya sólo me apetecerá una cosa: viajar junto a la noche hacia su vasta locura...

martes, 25 de noviembre de 2008

A mi manera




Lo puedes mirar desde cualquier punto del prisma que su valor siempre permanecerá inalterado, puro.
Lo leía el sábado fuera del tiempo y de las miserias humanas y comprendí perfectamente lo que se contaba de la POESÍA en mayúsculas. Venía en el suplemento Babelia de El País. Voces espléndidas como Emilio Lledó o Caballero Bonald hablaban de ella con mimo, frotándole el brillo con la delicadeza de quien teme que algo muy valioso pueda desgarrarse o sufrir daños. Y sentí que me sobrecogía por sorpresa su verdad, el golpe de una emoción que existe desde que el mundo es mundo.
Acercarse a la poesía no es fácil. Leerla es embaucarte en un viaje demasiado profundo, a veces peligroso y lleno de dolor, y otras lleno de eternidad que reverdece con embeleso, deleite, serenidad...; una religión no dogmática y mucho menos, acompañada de fanatismos. Es como un baile que, antes de llegar a disfrutarse de forma plena, exige de disciplina, rigor y perseverancia, que requiere además de un entreno especial, porque no hace falta decir que especial es la poesía.
Hace días que he cumplido un sueño que creía roto. Bailar es para mí otra actividad especial e íntima en la que se crean muchas cosas con y en el movimiento de tu cuerpo. Cualquier forma de danza puede ser una expresión llena de fuerza y vigor. Pero hay una, existe para mí sólo una que siempre me ha llamado mucho la atención.
Me refiero al flamenco. Desde siempre el flamenco me ha envuelto en un sabor adictivo del que no puedo o no quiero salir cuando viene a verme. He envidiado siempre cómo bailaroes de todo tipo disfrutaban de la fuerza arrulladora que se lleva todo consigo cuando se escucha y se baila, a un tiempo, flamenco. Como la poesía, el flamenco es también baile y contiene en su sino elementos tan auténticos y universales como el amor o la pasión.


Hablo de esa exigencia casi animal que tienen ambas cosas para con lo puro. De esa fuerza de raíz que sale del mismo vientre de nuestro existir humano, tantas veces representado en el arte.


Palabra y baile, Poesía y vida, como muy bien se recordaba en el Babelia y como muy bien también supo decirlo Juan Ramón al referirse a la entrega profunda que exigía de él la dedicación a la palabra poética.


Palabra y baile, digo yo (si me lo perimites, mi querido Juanra). Más allá del tiempo y el espacio lo eterno dispone de varias vías por las que manifestarse y, dependiendo de quién sea el sujeto esas vías variarán ligeramente. Yo incluyo a mi vía (y a mi manera) el baile flamenco (que tan destrozados me tiene los pies). Y lo hago por muchos motivos. A saber: por su elegancia, por su valor, por su raza, por su sangre, por cómo ruge y arde, por su entrega absoluta y, ¡cómo no!, por su carácter auténtico.
Creo que no hace falta decir más. La foto de Joaquín Cortés resume muy bien lo que aquí abajo digo.




viernes, 21 de noviembre de 2008

La verdadera nostalgia, la más honda, no
tiene que ver con el pasado, sino con el futuro.
Yo siento con frecuencia la nostalgia del futuro,
quiero decir, nostalgia de aquellos días de fiesta,
cuando todo merodeaba por delante
y el futuro aún estaba en su sitio.

Luis García Montero






La noche, un cadáver de sexo,
este llameo de cenizas en mi cuerpo
el vacío de estos
ojos inermes sin diagnóstico.


La fiesta, un cuerpo desgajado de mí
este zumo acre de piel sin huesos
la fuerza desvalida
de unos sueños deslenguados
tu sombra escrita en el café

sin su qué

La desmemoria seca
de mis labios-abandono
la sinrazón que irriga
este corazón
un futuro incierto
de nostalgias consabidas
un olor hondo en la mirada
un prenderlo recordando
sin olfato con el que oler
esta destruída
forma de latir
estos despojos
del alma


sin su quién
sin su porqué





miércoles, 12 de noviembre de 2008

...luna, luna, luna.

El aire la vela, vela.
El aire la está velando.
Romance de la luna, Federico García Lorca






Respiro el halo de la luna y
en ese estar respirando su halo
la siento a ella
en el fondo
como a una flor invisible.
Y refulge sobre la vastedad oscura
de su fondo blanco y negro
y despertamos juntos
sin frío
en mitad de una noche de hielo.
La contemplo abrirse poderosa
y en ese abrirse
es el blanco inmenso
un azul por dentro
que serena.
Tierna se me abre en el cielo
y aunque no sabe muy bien
qué escuple
en su fondo azul
sabe que está creando algo
aquí en la Tierra.
Vivo el halo de la luna y
en ese estar viviendo su halo
se me enciende un pensamiento
que siente.
Allí dentro de la luz blanca
dentro de su blanca y pura luz
nada puede dirigirse ya hacia la muerte.



viernes, 7 de noviembre de 2008

El paso de algo inexistente a lo que ingenuamente coincidimos en llamar tiempo

Son demasiados los días que llevo queriendo entrar a mi casa deshabitada temporalmente (a esta casa); a mi todo al borde de la nada. Son muchos los momentos en los que miro mi ordenador portátil y hablo con él en silencio. Me pregunto (nos preguntamos), si ya nuestra ligazón se reduce a una única finalidad: el trabajo diario que inunda casi la totalidad de las horas de nuestros días.
Quede por delante que no me estoy quejando, pues sería injusto e insensato. Aunque incluso llega a robarme horas de sueño, debo admitir que no hay nada que me haga disfrutar tanto como mi trabajo. Sobre todo ahora, que por fin ocupo una vacante de mi especialidad.
Pocas cosas me hacen sentir más privilegiado y dichoso. ¡Pocas!, aunque no pueda evitar reconocer una cierta esclavitud, llena de gratitud y recompensa (pero esclavitud, en cualquier caso).
La vida en las aulas de secundaria y fuera de ellas es tan dura como me la imaginaba. Es por eso que valoro aún más (si cabe) la labor titánica de un docente, y lo hago ahora cuando desde la palestra puedo hablar con un poco más de conocimiento de causa.
No solo hay que estar muy bien preparado como profesional, tener muchas aptitudes y habilidades múltiples desarrolladas o a desarrollar..., sino que hay que ser muy valiente para subirse al encerado. De lo primero estoy aprendiendo muchísimo y me queda un largo trecho que recorrer, siempre lleno de estímulos, claro... En cuanto a la valentía, era algo que ya tenía sin darme cuenta. A estas alturas lo único que me despierta miedo es perder la memoria y la muerte de las pocas personas a las que quiero hasta los huesos de mi alma.
Soy consciente del silencio al que tengo sometido a este rincón de mi vida y espero poner remedio muy pronto. De momento lo prioritario son mis alumnos. A ellos me entrego porque nos necesitan, porque no se merecen menos y porque tengo puestas todas mis esperanzas en ellos. No me consideréis un iluso. Creo que forma parte de mi trabajo y me gusta sentirlo así. Algún día explicaré el porqué. Solo adelanto algunas razones en este vídeo de más abajo.
Hace muchos años un puñado de personas salimos del instituto, no sólo bien formados, sino siendo un poco más libres también, y todo gracias a mis (nuestros) profesores a los que me acerco desde aquí con el pensamiento y con todo el cariño de los recuerdos. Todo lo que ellos me dieron desinteresadamente debo devolverlo ahora a mis alumnos porque esas enseñanzas son de todos.
Aprovecho desde aquí para enviar a Ana los restos de un abrazo infinito que no pude completar cuando muchos estuvimos a su lado el otro día en uno de los momentos más duros que uno pueda tener en esta vida.