Aquí dejo dos canciones que resumen muy bien la crónica de estas tres semanas de ausencia. Son dos criaturas salvajes de dos artistas grandes. Muy grandes. A la primera de ellas le pasa un alma gitana por toda la música. Nunca hasta hoy la había traído aquí. Hoy le doy la bienvenida a Rosario Flores y la dejo para siempre en una de las estancias de mi casa. Siempre quise estar muy cerca de su fuerza. Hoy mi deseo es aún mucho más grave. Tan grave que he decidido que de mayor quiero ser como ella o, por lo menos, espero que, llegado a los cuarenta y tantos, pueda conservar el brillo que ella tiene en sus negros, profundos y luciérnagos ojos.
La segunda es del más grande. De forma muy seguida ha venido a parar hasta aquí últimamente.
Su garganta, que hace germinar tantos sueños, me acompaña desde muy lejos en mi infancia. En aquel punto también lo envidié y quise ser en muchas ocasiones él. El tiempo me desvelará nuestros secretos juntos. Es Miguel Bosé y Amaia con la "Sevilla" de aquel, que habla, en definitiva, de un alma enorme. Algo siempre se pierde dentro de mí al escucharla. Por eso, cuando lo hago, preciso hacerlo despacio y atento. Muy atento a su magia y embrujo.
Bosé vuelve a estar aquí porque alguien muy especial me ha regalado su extraordinario Papito. Y tengo que decir que no por casualidad ese alguien llega a cada rincón de estas dos soberbias, grandes y locas canciones. De algún modo seguimos alados y juntos entre las piedras de Sevilla. Por eso y por muchos otros motivos, mil gracias de nuevo.
Alguien con exactitud clínica me dijo hace dos días que estamos en una primavera muy auténtica. Que quizás por eso la fiebre incipiente tortura y atiza mi cuerpo con esmerada insistencia. Y la verdad es que me tiene derrotado el termómetro. Casi me entran ganas de escupirle a sus sesos de mercurio. Pero me modero, porque sé que acabaré ganándole el pulso.
Aparezco ahora por mi casa mientras aprovecho uno de sus despistes. La oreo y paulatinamente desaparece la humedad primogénita de un cierre demasiado prolongado. "Todo al borde de la nada" tiene un lugar en la palabra y horrorizadas se han quedado ellas, abandonadas por un lenguaje agonizado. Así que le insuflo oxígeno a cuenta (tarde o tempano deberé devolverlo a plazos). Luego intento que el sol le caliente el pecho, pero no queda demasiado de este sol de mayo. Y no me lamento, porque lo cierto es que me parece justo. De no ser así lo íbamos a pagar aún más caro.
Mis días sin aparecer por aquí también los voy a pagar (si no lo estoy haciendo ya).
Salgo de mi sonambulismo casi perplejo. No me explico cómo voy a reparar todo esto. Tanto silencio. Sé que no puedo dejar de mantener los ojos abiertos. Pues me cuentas, me devuelves, me reintrepretas e inventas, me succionas, me organizas, me disparas, me adulas, me interrogas, me indagas y me seduces tanto... ¿Cómo no iba a echarte de menos? Después de todo, eres tú la que me educa este, mi corazón loco.
A pesar de todo, tengo que decirte que a veces eres tú misma la que me paralizas, -incluso, a veces, demasiado-. Me torneas la torpeza y te me burlas de forma insoportable. Pero eres tan audaz y libre, que eso te enciende. Tu oído alcanza con perfección mi alma, coincide en tu navegar y el suyo. Es un choque tremendo en medio del misterio. Una explosión, y luego aire. Mucho aire. Y luego del aire, lágrimas que no se saben a sí mismas. ¿Emoción o tristeza?, ¿Locura o lucidez?, ¿Ficción o realidad? Lo cierto es que hay algo en ti que me acompasa el pulso. Algo que me deja volando entre tus dientes.
Libre y atado a la vez. Pero volando.
¿Pues dónde la libertad sin el cautiverio?
Vuelvo.
Digo que algo hay en ti que me insulta a la par que me respeta. Hay algo en ti también de abandono y de espera. La voz de un gigante quizá. La conciencia de lo breve tal vez. Sin duda, algo por lo que vuelvo a ti sin reservas. Ancho y abierto como una luna tendida en los desiertos. Así es como puedo volver hacia ti para siempre. Con la boca abierta por si es que puedo de una vez tragarte de un golpe. Y es que hay ocasiones en que me cuesta la sangre esta persecución sin concluirse.
Nunca del todo. Nunca acaba por cerrarse. Pero llevas tanto futuro que no puedo dejar de probarte el viento tras tus pasos a dos milímetros de mis dedos. Aunque te sepa inacababa para siempre, aunque te vea y no te vea.
Siempre tan cerca. Y tan lejos, sin embargo.
Desde aquí mismo te digo que a dos milímetros te quiero, aunque eso pueda parecernos lejos. Justa y vibrando aquí cerca te quiero para que me ayudes a empezar a decir adiós a alguien muy especial. Adiós para alguien muy especial que se me está muriendo. Y no quisiera que cuando eso pase tus palabras atropellen a las mías. Que me dejen mudo y pequeño.
Saber decir adiós como es debido. Simplemente adiós. Un lleno y redondo adiós que le sople el alma a ella y no me tuerza a mí cuando después insista su recuerdo.
Nos subimos a cierta altura para contemplar las cosas de otra manera, con una mirada que era de todos y de nadie. La excusa de aquella hazaña tiene unos ojos atentos a lo que acontece por donde quiera que se deslicen. Y fueron los que nos enseñó. Alguien me dijo aquella noche que Tibau le gustaba porque todo lo que le ronda es de verdad y yo debo suscribir esa impresión acendrada. Le interesa todo lo que concierne a los seres humanos y sus cosas y eso se nota. Para ello le han tenido que curtir mucho las hijas de nuestro pensamiento idiomático, que son nuestras palabras. Ellas no le han fallado. Bailaron con él y él lo hizo gratamente con nosotros. Ambos nos cogieron de la mano y nos mostraron el valor que uno debe tener cuando el mundo lo atraviesa con sus mases y sus menoses. El balanceo inestable es la inquietud que nos aprisiona junto a los miedos. Pero también es el valor que se esconde en cada una de nuestras esperanzas puestas todas en la inestabilidad del frágil equilibrio. El miedo es la naturaleza que alberga en nuestros corazones asustados porque temen. Y, si lo hacen, es porque saben que tienen cosas que perder. Lo hicimos y poco nos lo impidió el vértigo. Los que fuimos a estar con su literatura fuimos valientes y nos subimos al trapecio para ver la altura que tiene la vida y a lo que ella viene con sus restos de tiempo que tanto nos condiciona, atormenta o ensueña. Muchas emociones fueron las que vivimos y no sé cómo se devuelve al mundo todo eso. Si alguien tiene la fórmula, que me la revele. Por favor. Mercè Domènech y Dora Martí bordaron las piezas recitadas o interpretadas. Tienen una excelente memoria. Sin ellas, y sin la generosidad que nos brindaron, toda la algarabía que encierra la magia del circo no hubiera venido a visitarnos. La pasión que pusieron en sus papeles lo hicieron posible y a ellas les estoy enormemente agradecido. Quim redondeó el acto con su particular sentido estético. Nos dejó dos trapecistas recortados en la pared, aparentemente inmóviles. A él siempre le acompañan los colores y esperamos que no le abandonen nunca ese espíritu que nos regala siempre. También Jaume Puig nos ha dejado a todos un guiño en su bitácora. Nos agradece a todos la noche en la que tantas cosas intercambiamos. Ya son cinco las sesiones de Paraules sobre l'escriptura en "Ball de Lletres", y en la punta del barco que tantos timoneamos me siento cada vez más cómodo. La calidez de todo lo que ocurre allí en su antes, su durante y su después nos ha hecho crecer a pasos agigantados, así que, Jaume: gràcies a vosaltes (a la Fundació Àngel Planells) per creure en nosaltres! Los jóvenes sabemos la importancia que tiene el que se confíe en nosotros. Un proyecto así, en un principio, suena a demasiado riesgo. Pero sin riesgo no haces más que salvarte y alejarte de lo que te hace libre. El río de nuestro baile nos está llenando con toda la fuerza de su cauce gota a gota. Nada nos viene dado por casualidad. La organización y el público fiel que nos acompaña estamos aprendiendo muchísimo unos de otros. Ya estoy deseando que venga a nosotros la danza de Bolaño en este mes de mayo. Y si toda la suerte de este mundo sigue acompañándonos así de bien, nos gustaría cerrar la temporada a finales de junio con la poética de Corredor Matheos y la sabiduría de Lola Josa, a la que sencillamente (y no me cansaré de decirlo), adoro.
domingo, 27 de abril de 2008
Estamos envueltos en piel y puedo respirar todo lo que eres. Me renuevo en la aventura que tiene el delicado tacto de tu torso desnudo. Me descuido y desaprendo, me olvido y desconozco. Una posibilidad de emoción viene a visitarme con el alma encendida y me acerco a lo que de redondo y completo tienen las cosas deseadas cuando ya nada irrumpe en su estar haciendo su vida. Con sigilio y seducción se modulan todos los movimientos por los que circulamos, asumiendo nuestra realidad redonda y que succiona. Es entonces cuando me sobrecoge una suerte de tristeza alegre. Más alegre que triste. Pero tristeza, al fin y al cabo...
En esta parte triste me descubro anhelando lo que quisiera decir mañana cuando intente escribirnos en la risa con la que ahora celebramos juntos el mundo. Y, si estoy triste, es porque esa risa no puede caber en lo pequeño que tienen las palabras.
Tampoco cabe en ellas lo que a la vida viene junto al rumor espontáneo que tiene tu corazón, lo que de libre tiene tu baile riguroso con las cosas y la gente. Caber no puede en las palabras lo que de verdad descubren tus ojos a los míos, ni lo de tu locura. Y mucho menos lo que de misterioso hay en tu estar palpitándome en todo momento.
Me toca hacerlo. Me toca zambullirme en una pequeña maraña de historietas de esas que nos dan cuenta del tambaleo que roza en persecución a cada uno de nuestros movimientos.
Ball de Lletres se ha podido mantener (hasta ahora), muy cerca de la suerte. Esta vez contamos con la visita de un escritor catalán no muy conocido, pero no por eso menos interesante. Se llama Jesús M. Tibau y ha escrito El vertigen del trapezista, un pequeño libro de relatos que configura el gajo de un universo particular y único, el suyo propio. El autor decide feliz que por esta vez quiere compartirlo con nosotros.
Más de una treintena de historias se ven atravesadas por el vértigo, esa sensación que incendia la mecha de la adrenalina cuando sentimos el vacío bajo los pies. Vértigos hay de muchos tipos y Tibau juega a la seducción con sus personajes. Siempre es así, casi como puestos en un experimento que los atrae hacia un estado que tiene que ver con un tipo de vértigo muy concreto, el que esconde de por sí la vida.
Los personajes son el recipiente exacto de ese tambaleo del que hablaba al principio, y mientras combino la lectura de las memorias de mi querido José Saramago, ya estoy enganchado a esas criaturitas que se ven obligadas a arreglárselas al borde del vacío. Un vacío (podríamos decir) que deja a su paso la velocidad de la vida a tientas contra el tiempo.
¡Qué de contradicciones lleva eso y todo lo demás! Sin las contradicciones no sería capaz de vivir. Ellas son las que me hacen elegir y sentir que estoy vivo.
Todo el día que llevo anhelando el resbalar oblicuo de los rayos de sol por el cuerpo. Pero sin embargo, aquí está el cosquilleo de la lluvia incendiándome para bien los ánimos. Ahora mismo en la repisa de mi ventana, abierta de par en par, revientan granos de hielo que caen del cielo. Sólo se escucha el romper del agua sólida contra las cosas y el jardín. Mientras tanto, lento y extraño es el subir de un olor a tierra nueva.
Me pregunto cómo de difícil será mantener el equilibrio. ¿Habrá un tensarse progresivo de la cuerda bajo nuestros temblorosos pies? ¿Será todavía más difícil con los años venideros? No quiero el desaliño en las respuestas. Sólo tengo la certeza de que me parece excitante que sea así.
Esta canción va por ti, Sil, porque me llevaste a ella y ahora no me suelta, y porquetú sí que sabes vivir como una loba:
Hace unos días también colgaba una foto de uno de esos rincones del mundo en los que no puedes menos que sentir a puñados lo que queda de paz en este mundo.
El azul intenso del cielo puede herirte si eres consciente de la escasez de agua. Pero incluso en estos momentos de extrema sensibilidad hidrófila surgen las contradicciones entre la mente y el espíritu.
Leer, conversar o abandonarte en estos espacios te lleva a la conclusión sincera y convincente de que a Dios se le olvidaron algunos lugares que llevarse al paraíso. Quizá sea que la Providencia es, en verdad, generosa o que, por el contrario, ya sabía que no iba a poder estar en todas partes, por lo que el olvido puede que fuera intencionado, casi por compasión.
La verdad es que me da absolutamente igual porque sentado en la arena he hundido mis manos en la tierra húmeda de esta playa. Bajo la arena he sentido cómo buenas proporciones de sangre se me inyectaban en las venas e inmediatamente me he acordado del espisodio titulado "Tierra" en la autobiografía Antes que anochezca de Reinaldo Arenas (en "El País" venía hoy la película). Como Reinaldo en su infancia me hubiera gustado comerme la tierra y fundirme en su cuerpo casi llegando a tener una experiencia sexual con ella, como quien quiere ser capaz de fecundarla y convertirse en responsable de brotes nuevos de esa extraña creación.
En medio de tanta imaginación un pulso añejo ha entrado dentro de mi cuerpo uniéndose a mi latir. Venía desde dentro del mar hacia mí y por las entrañas de la playa. Los cinco sentidos conectados y muy atentos. El aroma del mar en cruzada de vientos festivos y yo en mitad de una experiencia sensorial que pocas palabras son capaces de soportar en una sola carga de significado y a un mismo golpe.
La experiencia ha vuelto a ser extraordinaria. Pero todo no podía ser mezcla de inocente alegría, pues hoy he sabido que terrenos naturales de los aledaños han sido vendidos y pasarán a ser de un particular que debe estar podrido de pasta.
Lo que será de esta pequeña porción de paraíso de aquí a un tiempo nadie lo sabe, pero lo verdaderamente alarmante es que pocos espacios nos quedarán para disfrutar sin estar pisando por todas partes lo negro que tiene el asfalto.
Un espacio más en el que perfilar impresiones, vaguedades, devaneos, descubrimientos, experiencias, alegrías, miserias, adversidades... Y un mortal más que busca encontrar sentido al género humano. Todo al borde de la nada.